Propongo un tren panorámico en Zamora

27 Agosto 2007

Hasta ahora, siempre me había movido desde la preciosa comarca zamorana de Sanabria (donde suelo pasar parte de mis vacaciones de verano) a Zamora capital en automóvil particular. Hace unos días, tras devolver un coche de alquiler en la ciudad, recorrí por primera vez el trayecto Zamora-Puebla de Sanabria en tren Renfe Regional. No es que quiera elogiar a la compañía, pero me apetece resaltar lo agradable que ha sido el viaje, acompañado por un acertado hilo musical.

Unos me decían que iba a tardar “una barbaridad de tiempo” y me recomendaban el servicio de autobús. En coche, respetando los límites de velocidad, los atascos y demás incidencias, puedes tardar una hora y media para cubrir los 120 km que separan ambas localidades (de los cuales solo 40 km son por autovía). Yo quise probar el ferrocarril y solo tardé una hora y veinte minutos. Además de ser más rápido, el tren es más cómodo: no estás pendiente de adelantar a nadie, ni de los límites, ni de la fauna que pueda atravesar la carretera. Y si no fuera suficiente, visto el precio actual del carburante, noto que los 5,65 euros del billete resultan ser un precio competitivo.

Puedes aprovechar el paisaje, que es pintoresco, y te permite pasar por pueblos que desconocías. Las estaciones de las distintas aldeas son edificios típicos, muy bonitos, que hay que preservar del deterioro. Duele notar como algunos, abandonados, se están perdiendo. ¡Pero que no carezcan las iniciativas positivas para rescatarlos! Me pregunto si, considerando la belleza de la zona, que incluye la Sierra de la Culebra, no se podría crear una línea turística, con vagones panorámicos y paradas en las estaciones, que podríamos dotar de exposiciones y degustación de productos típicos, según las localidades. De paso, se podría sustituir las locomotoras térmicas por eléctricas, más adecuadas a los tiempos que vivimos.

Zamora-Puebla de Sanabria 1 Zamora-Puebla de Sanabria 2 Zamora-Puebla de Sanabria 3

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Zamora-Puebla de Sanabria 7 Estación de Puebla de Sanabria


Arden los pulmones de España

1 Agosto 2007

Gran Canaria afectada, julio-agosto 2007Hemos vuelto a lo de cada año. Con la llegada del verano, la de los incendios. En pasadas temporadas, los que merecieron el enfoque mediático tuvieron lugar en Galicia y Castilla-La Mancha. Esta vez son los de Canarias y Castilla y León. Pero el fuego, que inicia por culpa de unos desgraciados inconscientes, no se limita al que sale en las noticias.

Los últimos años marcaron el comienzo de un antes y un después. Tradicionalmente, en toda España, si teóricamente nadie deseaba los incendios y todos los temían, la población solía callar a la hora de buscar los culpables. Por aplicación de una auténtica ley del silencio. Aún sabiendo que mentes idiotas habían prendido la catástrofe, nadie decía nada a las autoridades, por temor a represalias por parte de los criminales. Primero con el desastroso balance medioambiental en Galicia y las pérdidas ocasionadas (casas quemadas, explotaciones perdidas), luego con el coste humano de los hechos de Castilla-La Mancha, que en ese caso puntual comenzaron con un accidente de barbacoa, la concienciación pública ha debutado. Ahora ya se denuncia.

Hasta hace poco tiempo, en el mundo rural, se prendía en secreto para ofrecer pastos frescos a la ganadería. O para que los animales huyeran de las zonas ardientes y se concentraran en otras, donde algunos “cazadores” poco escrupulosos disfrutaban del momento. Con la evolución de los intereses económicos, empezaron a surgir otros motivos de incendio, más rentables: quemar un solar protegido en vista de convertirlo en edificable tras el desastre medioambiental. Pero también cambió la ley, que hoy no deja impunes este tipo de irresponsables actividades. Otros, que prenden simplemente porque tienen gusto a ello, son minoritarios entre los asesinos del medioambiente.

Sin embargo, hay una práctica menos conocida, que no menos difundida, y que aún queda por castigar ejemplarmente. Algunos advierten de que existe gente que prende el bosque porque son jefes o empleados de empresas privadas de extinción de incendios que, tras la desaparición del Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza, se encontraron con una mina de oro. Empresas que, para seguir existiendo o incluso para forrarse, tienen interés en que ardan los pulmones de España. ¿Si nada se quema, para que una administración pública va a contratarlas el año siguiente? Pequeñas entidades que a veces solo actúan en una comarca y dependen de los incendios que puedan ocasionarse en la zona. A incendio más fuerte, más medios necesarios, factura más larga… Luego, al parecer, se las arreglan para que el fuego dure y tengan que organizar turnos de noche: primero en vista de de “controlar” el incendio, luego para “apagarlo”, según el léxico usual en la materia. Recuerden los lectores que en los turnos de noche se cobra más… Podemos aquí hacer un paralelo con el interés particular del guarda que reconoció su responsabilidad en el incendio de Gran Canaria, provocado al temer por el futuro de su puesto de trabajo. Al lado de estos listillos que casi siempre logran guardar el secreto entre ellos, existe una mayoría de bomberos de verdad y agentes forestales honestos, hombres de bien entregados a la causa y al interés general, que arriesgan sus vidas por culpa de auténticos terroristas.

¿Es imposible el uso de la naturaleza para una producción económica que no pase por incendios provocados? No lo es. Cuando uno echa un vistazo pertinente a lo que ocurre en otros países, nota que Suiza, por ejemplo, con bosques en cada esquina, con un clima ya no tan diferente del de España, con un territorio más difícil e irregular que el ibérico, es un país que nunca sufre incendios. ¿La diferencia? En las mentes. En España, hay demasiado cerdo local, sin perspectiva más allá de lo inmediato, interesado por la pasta independientemente de los medios usados para extirparla. Gentuza demasiado idiota para notar que, sobretodo en un país turístico, un medioambiente cuidado es un recurso que puede producir bastante más dinero que el pretendido “arreglo” de daños clandestinamente causados a la naturaleza.