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Sencillez del tomate

Quiero hablaros del tomate. Del fruto comestible, claro está, ese que deja en las manos un aroma único al manipularlo y separarlo de la rama. Y es que estamos en plena época anual de su éxito gastronómico en ensaladas, como la caprese, donde se asocia con maestría a una mozzarella, hojas de albahaca y aceite de oliva. Durante años desprecié este alimento, al considerarlo demasiado corrientito. De niño, la salsa de tomate me parecía ser la forma con la que mi madre se ahorraba, de vez en cuando, el esfuerzo de preparar una comida elaborada. Desde entonces he cambiado de opinión. A veces, especialmente el domingo a última hora de la mañana, caminando por mi calle en Lausanne, me alegra detectar un aroma de salsa de tomate saliendo del interior de una vivienda con ventanas abiertas. A la vez que alguna palabra en italiano, ya poco frecuente hoy por hoy. Incluso me ha ocurrido frenar el paso para aprovechar el momento. Parecerá una bobada, pero me recuerda la cocina de mi madre y el ambiente familiar de años atrás, cuando comíamos los cuatro en la cocina o el balcón. Por eso será que últimamente resulte todo un placer volver a encontrarme ante un plato de pasta con salsa de tomate, cuando me lo sirven o incluso cuando, al estar solo en casa, lo preparo yo mismo y me invito a disfrutar de la sencillez.

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A mi madre, por su recorrido y por esa carta

Hoy se jubila mi madre. Ha sido su último día de trabajo y, como es corriente en profesiones de la sanidad, tocó un domingo. Es símbolico que haya sido tal día de la semana: relata en una palabra el recorrido de esta zamorana que muy jóven salió a buscarse la vida en Madrid y Barcelona, antes de llegar a Suiza, evidentemente sin papeles. Mi madre, que nació y se creció en el campo, gozó de la vida rural pero también aprendió a conocer sus peculiaridades políticas, como el caciquismo que aún existe en muchos pueblos de esa España profunda a la vez que bella y encantadora. Aprendió asimismo a valorar las opciones progresistas como fuentes de desarrollo necesario para nuestro país. Es una socialista convencida, tan zapaterista como yo (o incluso más). Por eso mi madre, que se quedó en el paro cinco años antes de la jubilación y que no cesó hasta encontrar el puesto de trabajo que hoy deja, no pudo evitar, en su carta de despedida a su director, animarle a volver a dar oportunidad a trabajadores veteranos que, cercanos al final de su carrera, a menudo se encuentran rechazados por el mercado laboral. Esa es mi madre, siempre en la batalla, con energía y determinación. Un orgullo ser tu hijo, que te felicita por tu recorrido.

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Conductores que irritan

Reconozco que me irritan aquellos conductores que, entrando en autopista en un momento de tráfico denso y lento, aprovechan el contexto de retención para adelantar el mayor número de coches por la derecha, apurando al máximo la banda de entrada a la vía rápida. No se cola un coche o dos, sino quince o veinte, y con todo el morro. Estos son los mismos que, en atascos, aprovechan que dejes algo de espacio prudente con el coche que te precede para meterse en el medio y ganar una posición. Luego están los que avanzan durante kilómetros a 110 km/h por la vía izquierda y tardan todo lo que pueden para pasarse muy poquito a poco a la vía de la derecha y dejar así que adelantes. Algunos también circulan tranquilos entre los dos carriles, sin estar al teléfono ni distraídos por nada. También están los que tienes delante y que no paran de frenar todo el rato, porque eso de anticipar les debe parecer chino. Sin hablar de los extremos: los que hacen S entre vehículos para adelantar, aunque ello suponga hacerlo por la derecha. Mantener la calma es la palabra de orden, aunque resulte más fácil decirlo que hacerlo.

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Cumplo los 30

Hoy es un día especial. Cumplo 30 años. Durante mucho tiempo me pregunté lo que pasaría por mi cabeza esta mañana al levantarme. ¿Alegría, angustia, depre, indiferencia? Al final resulta que lo primero que se me ocurrió, aún sentado en la cama, ha sido: ¿pan y mermelada, o cereales? Lo cierto es que el hecho de cruzar esta etapa autoriza un primer balance del recorrido. Y la conclusión es que no me ha ido mal: hasta ahora, he conocido a buena gente y gente buena. Es verdad que quedan muchos interrogantes, como no podía ser otra forma, afortunadamente. En el fondo, esto es lo que nos anima. El camino sigue adelante, con sus curvas y sus emociones. ¡Y sabrosos desayunos!

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Un libro, una historia

Esto ocurre hace dos o tres meses en una librería de barrio (¿se llamaría Helios?), en el carrer Nicaragua de Barcelona. Tras entrar y recorrer los pasillos del establecimiento apenas 5 minutos, me acerco rápidamente al mostrador con un ejemplar de la novela “Las cinco muertes del barón airado” (de Jorge Navarro, Seix Barral, 2011). “¿Qué tal este libro?”, pregunto a la librera sin mirarla, a la vez que busco mi cartera en la mochila. “Pues, si te digo la verdad, este no lo he leído…”, contesta. Me sorprende tanto el tono y la sinceridad de su respuesta que interrumpo la búsqueda de la billetera y la miro a la cara por primera vez: es cuando me doy cuenta de su belleza, a pesar de su leve resfriado. Esto dura unos segundos. No suelo entablar conversación con las chicas que me atraen cuando trabajan en contacto con el público, más que nada por no ser el enésimo cliente del día en incordiar en ese aspecto. Esa mañana tenía que pillar el AVE y ya no me quedaba mucho tiempo (buena escusa que evitar cualquier remordimiento). Pero hoy es el Día del libro y, de vivir en Barcelona, posiblemente me lo pensaría y aprovecharía para pasearme por una librería, donde se encuentran magníficas historias.

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A Usted, la señora de las llaves

Hace unas semanas, Señora, Ud. colgó un billete de su buzón indicando que, debido a su edad y su salud, no podía seguir repartiendo cada noche en los buzones las llaves de la lavadora que compartimos los pocos inquilinos del edificio. Ese papelito, escrito con su bonita caligrafía (heredada de un tiempo en el que acertadamente se concedía importancia a la estética de la letra en los colegios), me llamó la atención: no sabía de sus problemas de salud.

El caso es que de repente no he vuelto a cruzármela por las escaleras ni en la entrada del edificio, cuando todavía pocos días antes su compañero y Usted bajaron a pedirme ayuda para cambiar una bombilla.

Hace poco, este amigo suyo me explicó que Usted se fue a operar de un ojo, que sufrió un ataque y que desde entonces se encuentra en readaptación en el hospital. Así las cosas, Señora, Usted lleva más de un mes aprendiendo nuevamente aquellos gestos que realizó perfectamente durante 89 años, como caminar. El viernes, se emocionó cuando por sorpresa me pasé por el hospital para visitarla. Las enfermeras me explicaron que por su habitación no acude nadie más que su chico de 83 años, cuando sus fuerzas se lo permiten. Usted tiene una amiga en el edificio vecino, pero la pobre no se atreve a verla ingresada en el hospital.

Durante más de veinte años, Señora, Usted ha repartido las llaves de forma voluntaria, sin que nadie le haya agradecido nada ni le haya llevado una botella de tinto en Navidad, me dijo. La verdad es que somos una generación de ingratos. El personal me comentó que es una paciente que progresa favorablemente y que tiene una voluntad a prueba de fuego. Al dejarle unos chocolates, le pedí que por favor no los comiera todos a la vez para que el ejercicio de gimnasio que Usted me copia no le sea vano y mantenga la línea. “Lo importante es recuperarse para este verano y poder ponerse el bikini”, añadí. Se me echó a reír.

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Pasos de peatones

Siempre observo la cara del automovilista que me deja cruzar un paso de cebra. Como peatón sueles encontrarte con tres tipos distintos: el conductor que no se para, el que se para y mira para otro lado, el que se para y te sonríe. Los tres son curiosos.

El primer tipo, que no se detiene, incumple la normativa. Lo hace por distracción o por ir rematadamente lanzado. En muchas ocasiones lo hace porque le molesta interrumpir su rumbo: te ve, ves que te ve, ve que les has visto viéndote, pero el tío pasa recto. A este, le dedicas una cara de criminal, especialmente cuando el viento gélido encontró forma de subir por el pantalón o cuando ya estás empapado por una lluvia lateral.

El segundo tipo de conductor se para y mira para otro lado mientras cruzas. Suele ser un hombre. Le incordias. O le incordia la normativa, que le parece una cosa de niñas.

El tercer tipo de conductor se para. Es verdad que las mujeres se paran casi todas. Los más mayores también. Le dedicas tu propia sonrisa y un gesto de agradecimiento. No conoces a esa persona, que apenas distingues detrás de su cristal, pero notas que le complace el rápido intercambio. Se siente correcta. Y si se te ocurre manifestar de forma algo efusiva tu gesto de gratitud, le arrancas una buena sonrisa llena de sinceridad. A mí, esta rutina aparentemente boba me gusta para empezar la jornada laboral en positivo. Cada loco con su tema. Buen día a todos.

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