Su última actuación antes de ser coronado Rey de la Comedia, el pasado sábado, no ha sido su mejor momento en el escenario del programa de TVE. Ni menos la penúltima, que tuvo lugar minutos antes. Rober Bodegas (Roberto Fernández), estudiante coruñés de 25 años que no da acabada su carrera de arquitectura de interiores, ha sido sin embargo el más brillante humorista del concurso. Su acento descompletado divirtió a España (del territorio como del exterior) y despertó el orgullo de muchos de sus convecinos gallegos. Ha analizado las relaciones con su madre cuando llega borracho a casa, ha hecho una incursión en el mundo de los lácteos y ha hablado de lo “bien” que se come en las universidades. También ha narrado las aventuras que pasa un estudiante dentro del autobús que le lleva a la Universidad de A Coruña.
El programa no era nuevo. Pero su presencia en TVE, tras algunos retoques conceptuales, ha sido de lo más acertada, en mi opinión. Si quedas un sábado noche en casa, al menos que el programa de entretenimiento en la tele pública sea de un nivel que estimule tu cerebro, quedando a la vez al alcance de todos y que mantenga el público fiel a la cadena. Me gusta cuando TVE me hace reír. Ha cambiado mucho, Televisión Española, desde que las urnas echaron al PP del sillón gubernamental. Hasta en los programas de diversión, hemos dejado de lado lo bobo. Ahora, lo que queda por hacer, creo, es acabar con algún programa de corazón que infecta las pantallas. Pero con la audiencia que arrastra, no sé quien se atreverá. Antes de acabar, sobre el Rey de la Comedia, también hay que hacer una mención especial a Alex Barredo, Jesús Cañete y Tomás García. David Amaya tampoco estuvo mal.
Me parto de la risa. Amantes de la tecnología, esto es para vosotros. Acaban de enviarme por e-mail un anuncio francés para el USB-wine: se trata de una llave USB “revolucionaria”, con grifo incorporado, que permitiría descargar en pocos segundos uno de los 1200 vinos que conforman el catálogo de una tienda online. El vino saldría de la llave y llenaría directamente la botella… ¡Qué invento! Seguro que en el PP, algún barbudo al que le gusta recomendar beber vino ya lo tiene conectado a su ordenador y está accediendo a la tienda virtual… Os dejo con el vídeo.
Mientras desayunaba, en la radio francesa contaron que en la ciudad gala de Reims, la gente se queja que abrazar a Papa Noel cueste este año 1 euro. Naturalmente, los niños no consultan a sus padres antes de correr hacia el viejo para babearle. Los comerciantes, iniciadores de la idea, explican que el año pasado esta animación les costó 50.000 euros, entre Papa Noel y su equipo. Consideran lo mínimo que la gente participe al gasto. ¡Aguantar que te estén estirando la barba sintética tiene su precio! Pero para los padres, es una estafa: notan que aunque el euro suponga una cuantía ridícula, no deja de ser un gasto obligado. Yo diría además que, siendo ese Papa Noel un atractivo publicitario para niños excitados ante la cercanía de una deseada avalancha de regalos, resulta por lo menos inhabitual que una empresa le pida al consumidor que pague por la publicidad que debe soportar. ¡Imagínate que debas pagar por cada papel publicitario que traga tu buzón, o cada minuto de anuncios en la tele! En el fondo, esa publicidad ya se amortiza a través de una parte del precio del producto que compras. Para volver a Reims, siendo este episodio otro caso clínico de manifestación sin delicadeza de un capitalismo primitivo, diré que lo mejor es contestar con la misma moneda: competencia. Sugiero a un grupo que se disfrace de reyes magos y que se coloque al lado de Santa Claus pidiendo 50 céntimos para subir al camello. Seguro que tumban a Papa Noel.
Hoy asistí a un coloquio sobre la prensa española en la Universidad de Lausana. Entre otros participantes, el reportero de La Vanguardia Bru Rovira me llamó la atención al comentar el recuerdo que tenía de sus primeros contactos con Suiza, cuando tenía unos diez años. Siendo joven viajaba a este país desde Cataluña en uno de esos trenes de entonces, que se paraba en la frontera, obligando los pasajeros a bajarse y saltar a otro coche en plena noche, ya que el ancho de vía español no permitía a los trenes de Renfe circular en el resto de Europa. El convoy seguía luego su camino hacia Suiza, durante la noche. Y los ánimos eran pocos: a Suiza se la conocía como país frío (no sólo en el clima), como país racista. Cuando tocaba la hora de comer, los trabajadores secaban las lagrimas y degustaban el cocido que les habían preparado en España, así como el chorizo y el jamón que las mujeres les habían dado para aguantar los primero días. Llegados a Ginebra, había dos colas: la de los españoles y la de los demás. A los españoles se les tenía que quitar esos jamones y chorizos que llevaban con ellos. Nuestros trabajadores no hablaban francés y no entendían por qué se les quitaba el jamón. No sabían que en Suiza estaba prohibido importar carne de cerdo desde España. Bru Rovira recordó hoy con humor que en esas circunstancias, los españoles solo veían una cosa: que los gendarmes cogían los jamones. Yo me eché a reír, en ese momento, como el resto de la sala. Lo que acababa de comentar el periodista nos sonaba a algo conocido. Nos lo habían contado nuestros padres, o lo habíamos vivido. Mi sonrisa fue acompañada por el recuerdo de lo que me había ocurrido a mi también: tenía esos mismos diez añitos cuando en Ginebra, esta vez en automóvil, los aduaneros nos quitaron un jamón que queríamos pasar al volver de nuestras vacaciones en España. Entonces, inexperto que era, no me gustaba el jamón. Pero me entristecí al ver que un policía nos quitaba la paletilla que nos había dado mi abuela, mi querida yaya enferma de cáncer, que horas antes había despedido por última vez con lagrimas en los ojos.
Hasta ahora, siempre me había movido desde la preciosa comarca zamorana de Sanabria (donde suelo pasar parte de mis vacaciones de verano) a Zamora capital en automóvil particular. Hace unos días, tras devolver un coche de alquiler en la ciudad, recorrí por primera vez el trayecto Zamora-Puebla de Sanabria en tren Renfe Regional. No es que quiera elogiar a la compañía, pero me apetece resaltar lo agradable que ha sido el viaje, acompañado por un acertado hilo musical.
Unos me decían que iba a tardar “una barbaridad de tiempo” y me recomendaban el servicio de autobús. En coche, respetando los límites de velocidad, los atascos y demás incidencias, puedes tardar una hora y media para cubrir los 120 km que separan ambas localidades (de los cuales solo 40 km son por autovía). Yo quise probar el ferrocarril y solo tardé una hora y veinte minutos. Además de ser más rápido, el tren es más cómodo: no estás pendiente de adelantar a nadie, ni de los límites, ni de la fauna que pueda atravesar la carretera. Y si no fuera suficiente, visto el precio actual del carburante, noto que los 5,65 euros del billete resultan ser un precio competitivo.
Puedes aprovechar el paisaje, que es pintoresco, y te permite pasar por pueblos que desconocías. Las estaciones de las distintas aldeas son edificios típicos, muy bonitos, que hay que preservar del deterioro. Duele notar como algunos, abandonados, se están perdiendo. ¡Pero que no carezcan las iniciativas positivas para rescatarlos! Me pregunto si, considerando la belleza de la zona, que incluye la Sierra de la Culebra, no se podría crear una línea turística, con vagones panorámicos y paradas en las estaciones, que podríamos dotar de exposiciones y degustación de productos típicos, según las localidades. De paso, se podría sustituir las locomotoras térmicas por eléctricas, más adecuadas a los tiempos que vivimos.
Este producto vuelve a estar en oferta, esta semana, en tierras helvéticas. Pobres perros de españoles en Suiza, que se enteran de lo que van a tragar ya solo al ver el nombre de la marca…
Cada 1 de enero, recibo cientos de mensajes en el móvil para desearme feliz año. El hecho, además, se incrementa de año en año. Es un momento único, pues en un mismo día recibes mensajes de todo tipo de gente, de todo tu repertorio telefónico. Incluso de aquellos que no te contactan ni una vez en el resto del año. O que no contactas tu mismo en esos doce meses. No sé si os pasa igual, con esta tradicional invasión de SMS. Se podría estudiar el fenómeno, en términos de sociología. En todo caso me llama la atención.
Salimos del primer paso. Han trascurrido los días 24 y 25 de diciembre. Unos de los más crueles del año para el aparato digestivo. Todavía se pasean por tu mente las imágenes de esas comidas en las cuales has participado, sentado en una mesa tan llena que sin esfuerzo te produce una saciedad anticipada por vía visual: te asustas antes de sentarte. Intentar rechazar algo, es como decir al que te invita que no te gusta el menú. Así que, sin remedio y como un animal, tragas la pitanza. A sabiendas que en breve llegará el segundo paso, los días 31 de diciembre y 1 de enero.
En enero, gordos y flacos se matarán a practicar deporte, para perder esa grasa acumulada durante las fiestas. Algunos, no acostumbrados al ejercicio, acabarán con agujetas y dolores de día y noche. Maldecirán el deporte, olvidando que la raíz del problema reside en el exceso gastronómico de las recién acabadas fiestas. Pero la lección no servirá de nada. Once meses después, volverán las mesas que asustan.
Empieza la última semana antes de Navidad, la cumbre del consumismo. Algunos comercios reconocen realizar 1/3 parte de su beneficio anual en estos pocos días. En el sector del juguete, hablan del 75% de las ventas del año. La realidad será probablemente aún más sorprendente.
Dicen que cada familia española gastará una media de 900 euros en este periodo, entre regalos y comida. Eso quiere decir que muchos gastarán una cantidad superior. La publicidad de la televisión y de los buzones llena los ojos de los niños de exagerada ilusión. Paralelamente, numerosos programas enseñan mesas abundantes, cada vez más lujosas. Con productos realmente asequibles solo para casas opulentas. Y que la mayoría de la población no puede permitirse pero acaba comprando. Se trata de aparentar, estúpidamente, una situación que no es real. Incluso, parece que algunos se endeudan. Afortunadamente, el periodo de exceso comercial que representa la Navidad no se impone más que una vez al año.
La fiebre de las compras, la ansia de tenerlo todo, se juntará estos días con las prisas y la odiosa costumbre de actuar en el último minuto. Una subida de adrenalina para el viejo Papa Noel, que no tendrá más remedio que poner el turbo a su trineo si quiere llegar a tiempo y evitar los llantos insoportables de peques mal acostumbrados. Niños que, años después, serán padres y dejarán de ver la publicidad con los mismos ojos, siendo el presupuesto familiar el que es. Pero el poder de esta locura les inducirá a reproducir la mentira del cuento de Papa Noel, por mucho que les cueste económicamente. La Navidad, una fiesta religiosa que con el cambio de los tiempos cede el paso a la religión del consumismo. Los Reyes Magos, cada vez más olvidados, se rinden ante la ley del calendario: diciembre llega antes que enero y si los amigos del niño reciben sus regalos en diciembre, cada vez son más los padres que no se atreven a sufrir las consecuencias de la espera del niño hasta enero. Que el capricho y la actitud llorona no nos impida tener la fiesta en paz.
Ayer, navegando por internet, topé con el siguiente titular de noticia: “Muere el cerdo de Clooney”. Como también le tuvo que pasar a otras personas, en un primer segundo, la frase me causó tremendas dudas. ¿Ha muerto el actor George Clooney? No lo sabía. Que poco se comentó. Y en tal circunstancia, ¿como pueden autorizarse el extremo de llamarle “cerdo”?
Sobretodo, uno no sabía de la posesión de un cerdo por parte del actor estadounidense. Y por lo tanto no identificó, a primera vista, el verdadero enfoque de la noticia: el animal. Max –así se llamaba la mascota– convivió con la estrella a lo largo de 18 años. El cerdo, de unos 130 kilos, vivía con George Clooney en su residencia situada sobre las lomas de Hollywood (la residencia de Clooney, y no del cerdo, que quede claro). Parece que el animal no será sustituido por otro cerdo, dicen en la noticia, ya que Clooney declaró: “¡Max cubrió todas mis necesidades de cerdo!”. Me pareció esencial indicarlo. Aunque ahora me surja otra pregunta: ¿cuales serían esas necesidades de cerdo?