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Semáforo abierto para Marco Ferrara

Mientras los mayores sigan sin médico, los demás aguanten sin fiesta

En Zamora hay pueblos donde no ha vuelto a aparecer un médico en el consultorio desde el mes de marzo, y estamos ya en noviembre. Esto ocurre, entre otras razones, a causa de la incapacidad de la Junta de Castilla y León para garantizar una limpieza y desinfección de las instalaciones médicas rurales entre dos consultas.

Mientras tanto, se producen testimonios desgarradores de personal médico de hospitales casi nuevamente saturados como el Virgen de la Concha, que cuentan como hay jóvenes que pasan de aplicar el comportamiento y los gestos que evitan la propagación. Sabemos que esto ocurre, sabemos que se siguen realizando fiestas ilegales que brillan por la absoluta irresponsabilidad de sus organizadores y participantes. La actitud ejemplar de la mayoría es digna de admiración, pero queda fuertemente erosionada por el nefasto impacto que pueden generar unos cuantos inmaduros.

Nuestros padres y abuelos vivieron guerras y bombardeos. Tenían que ir a buscar agua a la fuente, a pesar de producirse tiroteos en el monte de al lado. El contraste es total con la actual generación, incapaz de gestos tan sencillos como taparse la cara incluyendo la nariz cuando entran a pedir a un bar, cuando entran a comprar a una tienda o se suben al tren. Incapaz de desinfectarse las manos al entrar a la taberna, o que todavía escupen al suelo en la plaza. Hemos visto este verano como se volvían a llenar establecimientos de hostelería de clientes irrespetuosos de las medidas, y por tanto irrespetuosos de los demás, incluso de los suyos al volver a casa pudiendo arrastrar una dosis de pandemia de forma asintomática. Se han multiplicado reuniones familiares en casas, celebradas dentro de la traicionera ceguera que induce la natural confianza hacia los seres queridos. Se han dado palmadas, abrazos, incluso besos, que tanto necesitamos como seres sociables pero que ahora multiplican el daño.

El coronavirus es una peste invisible, que convendría considerar como un gas sin olor e indetectable, que flota permanentemente en el aire, que es letal, y que debe mantenernos a todos y en todo momento con las precauciones activas e interiorizadas.

En toda Europa se vuelven a cerrar comercios y establecimentos, después de ver que medidas leves de limitación de horarios y aforos o confinamientos perimetrales no han sido suficientes frente a una población difícil de disciplinar dentro de nuestros regímenes de libertad. Esto genera problemas obvios para los dueños de estas actividades, que habitualmente se desarrollan con prosperidad y sencillez, pero cuyo modelo comercial está extremadamente expuesto a una situación como la actual. Los medios nos recuerdan cada día (probablemente con exceso) las dificultades de ese sector, uno entre muchos. Esta pandemia es inédita y ha sorprendido a todo el mundo, pero podría volver a producirse en el futuro. Ello obliga a planterase reflexiones sobre la viabilidad de una proporción tan fuerte del sector hotelero en la economía de nuestro país, que queda duramente afectada cuando tantas familias tienen volcado su destino en actividades de este tipo. Necesitamos diversificar.

Pero de inmediato, necesitamos colaborar todos. La juventud debe asumir que, como nuestros padres y abuelos en situación de guerra, hoy no hay espacio para la fiesta. Si no somos capaces como sociedad de disciplinarnos todos, asumiendo cada uno nuestra parte de responsabilidad y aplicándola a rajatabla, la situación va a dilatarse en el tiempo y producir más dolor y cansancio. Un tiempo que nuestros padres y abuelos en los pueblos no van a poder aguantar sin acceso al seguimiento médico que exige su edad y al que tienen derecho, como lo tendrá en su momento la actual juventud a la que se pide su ayuda.


Imagen de ilustración: infografía de El País sobre la propagación del coronavirus por aerosoles en un bar.

Juan Carlos I, lo reciente frente a la trayectoria

La salida de España del rey emérito Juan Carlos no era necesaria. Al menos así parece a tenor de lo que sabemos hoy. De forma contraproducente, el teatralizado acto ha propagado en parte de la opinión pública la sensación de presenciar una huida y un reconocimiento de culpabilidad, cuando difícilmente ese podía ser el propósito. Más aún si se considera la voluntad del emérito de permanecer a disposición de la Justicia. Como no podía ser de otra manera en pleno verano y en un año de importante bajón de actividades, la información se ha convertido en el centro de atención de los medios de comunicación. La obsesiva curiosidad de conocer el país de destino va a rellenar un tiempo los espacios mediáticos, manteniendo el tema en la actualidad informativa y por tanto en las conversaciones de calle. Del sorprendente episodio de esta semana se han dado eco las portadas de la prensa extranjera, con el consecuente impacto en la imagen del ex monarca y de la Corona, salpicando de paso la reputación de todo un país en un momento ya especialmente crudo.

En medio de tal agitación emerge otro problema. El rey Juan Carlos está siendo sentenciado incluso sin haber sido sometido al proceso de cualquier causa judicial. Si la ley es igual para todos, como el propio protagonista ha reconocido en un famoso discurso, el monarca emérito rendirá cuentas sobre los asuntos que generen dudas a la Justicia. Pero también tendrá derecho –y tiene ya derecho– a la presunción de inocencia. ¿Quiénes somos los demás ciudadanos, medios nacionales y extranjeros, para condenarle sin juicio? El Estado de Derecho implica que se respeten estas bases también para Juan Carlos I ya que, valga la redundancia, la ley es igual para todos.

Sea cual sea el desenlace a medio o largo plazo, al rey Juan Carlos habrá que valorarle por su legado global. En esta óptica entrarán obviamente los últimos años, lo que quede demostrado en relación a las informaciones que naturalmente tanta perplejidad están causando, pero también tendremos que ser capaces de ver más allá de lo estrictamente reciente y contemplar la trayectoria completa desde la Transición. Seamos más o menos adeptos de la monarquía, más o menos republicanos, gozamos hoy de unas libertades y de instituciones en cuya consecución Juan Carlos I ha desempeñado un papel trascendental. Ha sido una figura clave en el alcance de soluciones de concordia durante varias etapas históricas. Entre todos, hemos logrado un sistema ciertamente mejorable, pero democrático y estable, con un modelo de Jefatura del Estado al amparo de la polarización que tanto caracteriza a nuestro país, cuya política refleja los fuertes contrastes de una sociedad diversa y plural. Posiblemente Juan Carlos I no sea tan blanco como lo han pintado unos, ni tan oscuro como de repente parece cómodo pintarlo hoy. Es debido y justo, en clave de Historia, que como cualquier figura pueda ser situado en el punto que le corresponde, sin exageraciones ni desprecios. También en ello se demostrará nuestra madurez como sociedad.

Cambiar los parámetros de nuestro mundo

¿Cómo va a costar un paraguas 7 euros? Por mucha fabricación en cadena que esté detrás, algo así no puede valer tan poco. Y sin embargo, ese día en los distintos puestos del mercadillo comarcal, no había más que esa clase de paraguas. Variaban los colores y patrones, pero todos los ejemplares eran igual de ligeros, de idéntico acabado y con ese fuerte olor a sustancias químicas. De todos colgaban etiquetas casi idénticas, con logotipos perfectamente desconocidos (a los que unía la pobreza de su diseño gráfico) y la mención made in China. La única alternativa para comprar paraguas en esa localidad zamorana era el almacén chino en el que, como era de esperar, proponían modelos con las mismas etiquetas que los del mercadillo. No había otra variedad, no había otra calidad.

El último paraguas que he comprado costó 40 a 45 euros. No olía mal y resistía al viento (algo que no está de más en una herramienta para afrontar la intemperie), por eso duró años. Sin embargo la multiplicación por 7 del precio de venta no se justificaba únicamente por mejores materiales y acabado. El paraguas bueno lo había fabricado un taller de Suiza, cuyos operarios cobran un sueldo medio 6 veces superior al del obrero chino (de momento).

El ejemplo del paraguas es uno entre muchos, que todos hemos podido experimentar. El modelo fabricado en Suiza podía haberlo sido en Alemania, en Italia o en España. Y el modelo chino ha llegado al mercadillo español porque nosotros lo hemos pedido a los productores chinos.

Al consumidor europeo le conviene comprar el paraguas de alta calidad vendido a su justo precio: aunque parezca más caro, no lo es, ya que el producto le va a durar años en vez de semanas, comprará un ejemplar en vez de sustituir varios, apoyará a la producción local de paraguas, cuyos empleados seguirán teniendo trabajo y podrán permitirse ser consumidores de calzado local vendido a su justo precio, juguetes locales vendidos a su justo precio, electrónica local vendida a su justo precio, etc.

Sin embargo las cosas no son así. En el mercadillo como en la tienda, cuando aparecieron los paraguas a 7 euros, los consumidores nos decantamos por ellos de forma poco racional y los comerciantes dejaron de ofertar los paraguas a 20, 30, 40 euros. Las fábricas que los hacían a pocos kilómetros de allí dejaron de producirlos, tuvieron que cerrar y los obreros fueron despedidos ya que, a estas alturas, los únicos paraguas que quería el consumidor eran los baratos de China, que además últimamente se podían pedir por Internet y te los traía cómodamente a casa un repartidor con la furgoneta blanca que se ha comprado él mismo tras ser despedido del taller local de calzado, que cerró.

Lo mismo pasó con los talleres de juguetes. Pasó con la fábrica de televisores y hasta con la cadena de montaje de maquinaria agrícola, que antes estaba en el país vecino y ahora produce al otro lado del mundo.

Esto pasó. Esto es lo que nos pasó. Esto es lo que hemos decidido que nos pasara, cuando hemos empezado a elegir el paraguas de 7 euros creyendo equivocadamente que así ahorraríamos para ser más ricos, para comprarnos un coche de más alta gama, sin darnos cuenta que seríamos la última generación en hacerlo.

Lo mismo pasó con el material médico, desde aparatos con mecanismo hasta productos de baja tecnología como las famosas mascarillas y el mismo desinfectante, que hemos dejado de fabricar en Europa por creer que resultaban más baratas si se hacían en China… hasta la factura que se nos presenta ahora: decenas de miles de muertos por el COVID-19, toda una generación sacrificada en numerosas familias, empleos destrozados hasta en oficinas que nada tienen que ver con la fabricación de paraguas, obligación de limitar nuestra propia libertad.

Desde los años 1990, en algunas regiones más que en otras, hemos optado por soluciones fáciles, comprando discursos que nos pintaron como ricos capaces de comprar de todo y mucho, aparentemente atractivos para nuestra proyección a corto plazo.

Hemos dejado que la sanidad se recortara, se privatizara, se convirtiera en negocio sujeto a criterios de rentabilidad económica.

Hemos optado por jugar a la videoconsola y hacernos selfies en vez de cuidar de nuestros abuelos, que hemos olvidado en manos de residencias adscritas a ese sistema sanitario en declive.

Hemos caído en la tentación de los autobuses baratos y dejado el tren a su suerte: en los pueblos, el señor de la ventanilla de la estación ha sido sustituido por una máquina que los abuelos no entienden. En otros casos han cerrado la estación o quitado la línea, que funcionaba todo el año y no se quedaba bloqueada por la nieve que pueda caer en invierno.

Muchos actores han alertado durante años de las consecuencias de la degradación de los servicios públicos, pero eso no ha sido suficiente para hacer recapacitar algunas voces políticas ni sus etapas gubernamentales. De la misma manera, hoy se avisa de la urgente necesidad de transición ecológica y esas mismas voces se ríen nuevamente.

Tendremos que cambiar los parámetros de nuestro funcionamiento en sociedad, en todo el mundo. Habrá que aprender que no hay economía sin salud, derechos sociales y servicios públicos. Necesitaremos resituar la vida humana y el medio ambiente al centro de las prioridades, reconsiderar el valor de la solidaridad como esencia fundamental de la Humanidad. Habrá que ajustar la globalización, por ejemplo redimensionándola a escala de regiones mundiales: para preservar el empleo doméstico, para garantizar la producción de sectores esenciales, para asegurar las reservas de materiales estratégicos así como de productos de seguridad sanitaria y alimentaria, para seguir pautas medioambientales rigurosas. Habrá que aceptarlo individualmente, olvidarse del paraguas a 7 euros, favorecer –todos y cada uno– los circuitos cortos en nuestras compras, aceptar el cambio de paradigma energético para adoptar fuentes renovables, reducir los desplazamientos motorizados individuales para redescubrir el caminar, la bicicleta y el transporte público. Y luchar por todo ello.

Las observaciones que hacemos ahora no deberán esfumarse cuando los tiempos sean menos difíciles. Y eso, seguramente, será el primer reto.

Ruido por 2 millones, silencio para 2,5 millones

Esta mañana he apagado la radio por hartazgo. Cuando el mejor periodismo se centra en las bobadas del neofranquismo españolista y en las repetidas estupideces del cansino nacionalismo catalán, mejor pasar. Si estos son los problemas más graves, tenemos que hacérnoslo mirar.

Mientras hay polémicas sobre si es cierto o no que 2 millones de catalanes son independentistas, hay certeza que 2,5 millones de españoles en el exterior tenemos impedimentos inasumibles para votar y no somos elegibles por ausencia de circunscripciones exteriores.

¿Cuántas horas de radio/tv y páginas de prensa dedicadas al independentismo catalán desde el 2012 y cuántas al voto exterior desde el 2011? Por población afectada, el ratio y la desigualdad dice mucho de la mediocridad del panorama.

Estos tres párrafos, que he publicado esta mañana como hilo Twitter, plantean un problema grave de desinterés, pasividad y nula autocrítica. Mientras hay atención para quienes piden salir, no la hay para nosotros que pedimos entrar. Probablemente no estemos haciendo el suficiente ruido para que el tema tenga calado, ahora que se acerca una campaña electoral.

(Publicado el 21 de marzo de 2019 en Espanoles.ch)

La hora de una tercera vía

“Estoy dispuesto a dialogar”, ha declarado hoy Rajoy, el día después de un 21D que dejó la situación política catalana y española tremendamente necesitada de acuerdos. Y es que no hay otra salida, ni para unos, ni para otros.

No hay mayoría social favorable a la independencia. Al contrario, las urnas han dejado claro que la mayoría de los catalanes no desea la independencia y optó por candidaturas que defienden la permanencia en España, colocando a la cabeza a Ciutadans, de Inés Arrimadas.

Sin embargo, si bien los no-independentistas han cosechado algo más de la mayoría de los apoyos de la ciudadanía, la mitad unionista no puede hacer oídos sordos ante el clamor de la mitad independentista. El sistema electoral hace que la minoría social se convierta en mayoría política en el Parlament, con 5 diputados más y capacidad operativa. El resultado permite la formación de un Govern de Junts per Catalunya, ERC y la CUP, que podrá ser exigente, pero no caminar hacia la independencia.

Si ni la actual configuración estatal ni la independencia de Cataluña son aceptables a la lectura del resultado electoral y de las leyes, habrá que explorar una tercera vía. El futuro Govern de la Generalitat de Catalunya puede ser un actor determinante a favor del cambio mediante una reforma constitucional hacia el federalismo.

En clave de partidos, Ciutadans deberá gestionar la frustración de ser primero pero no poder gobernar. Tiene el mérito de su crecimiento rápido. Está en una situación similar al PSC de Pasqual Maragall en 1999, cuando llegó primero en votos pero no pudo gobernar esa legislatura y tuvo que esperar a poder hacerlo en las dos siguientes.

Junts per Catalunya ha logrado llegar en segunda posición, capitalizando la campaña victimista que sí pudo hacer Puigdemont al fugarse a Bruselas y así evitar la cárcel. Parece además que le vino bien la operación de cosmética que escondió la recién creada marca PDeCat, técnicamente mala pero sobretodo salpicada por escándalos nada más nacer para tomar el relevo de la irremediablemente ensuciada Convergència. Si Puigdemont quiere someterse a la investidura, le toca afrontar ahora el problema que lleva meses arrastrando: volver a España y responder ante la Justicia, con el riesgo de ser encarcelado. La alternativa que tiene su partido es presentar a otra persona para presidir la Generalitat.

ERC, que ha sido más auténtica al asumir sus actos y presentarse ante la Justicia para responder de la ilegalidad en la que ha caído, ha pagado el precio de su incoherencia. Y posiblemente de sus mentiras en el argumentario separatista. También la ausencia de su líder, el encarcelado Junqueras, y la falta de preparación de su potencial sucesora, Marta Rovira, habrán jugado un rol en la ventaja que por sorpresa le sacó su socio Junts per Catalunya.

Para el PSC (y para todo el PSOE), estas elecciones han sido decepcionantes. En los últimos años el socialismo ha ido perdiendo terreno en Cataluña, comunidad clave para el éxito del PSOE a nivel estatal. El discurso de Iceta, de los más responsables y completos en la actualidad, no ha logrado calar lo suficiente. Salva los muebles creciendo 1 escaño y sobretodo habiendo defendido la propuesta de tercera vía que curiosamente ahora podría ser la solución.

Catalunya en Comù Podem ha ligado con todas las sensibilidades durante la campaña. Su indefinición ha quedado patente.

La CUP, por terminar, ha perdido casi la mitad de sus apoyos desde el 2015, cuando su discurso ha seguido igual de duro. La diferencia: no asumió costes personales en la vía independentista. Quedó marcada como el actor que grita mucho y hace poco.

Por terminar, el PP queda terriblemente tocado, relegado a la última posición parlamentaria. Anoche han perdido Rajoy y Santamaría más que Albiol. La ausencia de componente política en su gestión desde la Moncloa ha sido un lastre para el país, que incrementó el malestar. Su discurso cerrado, simplista e insultón ha sido censurado por un electorado exigente. En el exterior, ante los medios internacionales, la incapacidad del PP y su pésima imagen nos obligó a los socialistas a asumir la tarea de comunicación a favor de la Constitución.

Con el 99,84% escrutado, así quedó la noche electoral:

Votos % Diputados

No-independentistas

2.211.655 51 65
Independentistas 2.062.760 47 70

Por candidaturas:

Votos % Diputados

Ciutadans

1.101.574 25.36 37
Junts per Cataluña 940.414 21.65 34
ERC 929.061 21.39 32
PSC 602.616 13.88 17
Catalunya en Comú 323.460 7.45 8
CUP 193.285 4.45 4
PP 184.005 4.24 3

Detrás de la forma estaba el fondo

Cuando tenía 22 años, recién llegado a la dirección del PSOE Europa, impulsé un nuevo léxico para hablar de “ciudadanía en el exterior” en vez de “emigración”. Muchos nos veían pesados con el tema, que consideraban un detalle sin importancia. Pero en ello se reflejaba nuestra batalla por ser ciudadanos de pleno derecho y acceder, al igual que todos los demás, a la posibilidad de ser representantes y no únicamente representados: se trataba de tener parlamentarios por la diáspora, al igual que cualquier ciudadano/-a de España. Detrás de la forma estaba el fondo. En todos los aspectos en los que hubo desencuentros con las esferas más altas, en medio de un patio que no se molestaba en prestarnos consideración ni el debido espacio, el curso de la Historia nos ha ido dando la razón, confirmando una tras otra las batallas de ese PSOE Europa del 2004-2014. Esa etapa de excepcional trabajo y calidad será dificil de repetir: han desperdiciado oportunidades y quemado la gente joven, hasta dejar el solar abrasado. La tribuna de Eduardo Madina hoy en El País confirma la visión del lenguaje, una de las tantas en las que llegamos con al menos 15 años de antelación.

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