Velas

La hora rondaría entorno a las ocho de la tarde, cuando se me apagó el televisor. Un miércoles, en pleno día de semana, se va la luz. Cosa inusual, en este país, en Suiza. Pero que ya ocurrió el año pasado, en toda la región, dejando la zona paralizada. Entonces, algunos amigos me llamaron desde el tranvía, en donde quedaron “encarcelados” un buen momento.

Esta vez, el apagón no afectó más que al edificio urbano en el cual reside quien propone estas líneas. Pero afectó de forma desigual, según el ala de la casa y el piso. Así que, si la cocina y el salón quedaron sin luz, el pasillo no. Tampoco ha sido el caso de comprobar todos los cuartos. Antes de que me dé el tiempo necesario a la operación, noto que hay gente hablando, fuera. Por el ojo de la puerta, veo que las dos vecinas salieron a conversar delante del ascensor. Rápidamente vecinos de otros pisos se unen a la conversación de los de mi piso. Abro la puerta. Inmediatamente, se me pregunta si también tengo la casa apagada. A lo cual contesto que sí.

Al parecer, el ascensor ha quedado bloqueado pisos abajo. Cuando está todo el grupo reunido, llega mi vecino por las escaleras. Su mujer, apoyada en el marco de la puerta, nos hace notar lo obstinado que es su marido. El hombre, a pesar de recientes problemas cardiovasculares y avisos de médicos, sigue trabajando. Ella dice: “sube las escaleras a toda velocidad, quiere que me quede viuda”. Pero sonríe.

Los minutos pasan, la gente charla. Se empieza a comentar un problema existencial: “si esto sigue, ¿cómo acabar de cocinar la cena?”, pregunta mi vecina. A algunos se le estropeará el contenido de las cazuelas. Varias soluciones surgen: unos aconsejan a otros. Mi vecina propone al de abajo que, “puesto que su cocina funciona, venimos todos a cocinar a su casa”. El sonríe.

Al rato, llegan de la compañía eléctrica, que hemos avisado. Se nos indica que el problema durará toda la noche. No queda más remedio que encender velas y picar algo de la nevera. La ocasión ideal para acabar todos los postres a la vez. ¡Que rico!

Avería a parte, ha sido un momento amable. Algunos vecinos nos cruzamos a diario en el ascensor, sin intercambiar más que unas pocas palabras. Cosas de la vida estresada que nos toca. Lo curioso en esto es que un apagón de luz ayudó a encender otras luces, las que iluminan con sencillez y buen humor las relaciones humanas.

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