El PP ha destituido el 29 de marzo a su portavoz adjunto en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados, Joaquín Calomarde. Ocurre que el mismo día, el diputado publicó un artículo en El País, bajo el título “El Partido Popular necesario”, en el que aseguró que España necesita “un Partido Popular centrado, moderado, libre de complejos del pasado”.

Evidentemente, la crítica, directa y abiertamente dirigida a la cúpula extremista del PP, no ha gustado al aparato. Según el PP, el diputado ha sido apartado por sus continuas bajas por enfermedad durante el mes de marzo. Su partido sabía de su precario estado de salud desde hace más de un año, pero hasta ahora no le había supuesto ningún problema.

El secretario general del PP en el Parlamento, atendiendo al “precario estado de salud” de Calomarde, le notificó la decisión de relevarle “de su responsabilidad”. El diputado no parece dar credibilidad a la excusa. El mismo lo dejó entender en su entrevista de ayer en la radio. Más aún a sabiendas de que el estado de salud del protagonista está en fase de mejora. Por su parte, el PP desliga tajantemente la decisión de la publicación del artículo. Ahora que el PP no puede no conocer la mejora de salud del diputado, me pregunto si le restituirá su cargo. Me temo que no.

El pecado de Joaquín Calomarde está en haber pedido el final de la crispación política que vive España. Y en haber ubicado parte de las culpas en el PP, como la buena fe no podía evitar. Escribió que “España precisa un centro derecha moderno”, “un Partido Popular abierto a la modernización real de la sociedad española”. Dijo: “el PP tiene que estar en el centro reformista. Y ahí le debe esperar el Partido Socialista, que no es un enemigo a batir, sino un adversario, un igual, un ‘par’ al que ganar, si es posible, las elecciones”. Creo sinceramente que acertó.

Ayer, en la radio, el diputado opinó que el PP está en una fase de “derechisación excesiva”, en una situación “poco deseable” y “poco homologable” con sus partidos hermanos europeos. Y dijo que él mismo se debía ante todo a sus electores.

Cada vez más cargos del PP dicen que se deben a sus ciudadanos (entiéndase aquí: “antes que a la dirección del propio PP”). Es el caso del concejal del PP de Ermua, expulsado de su partido por haber votado en contra de la utilización del nombre de la localidad por el Foro de Ermua, lo cual no gustó al PP. También se apartaron de la línea del partido dos diputados que recientemente han discrepado de la política de Aznar en Irak (que no destituyeron porque uno de ellos era el famoso Del Burgo). Ahora este otro diputado, desde la moderación, discrepa de la dirección y queda destituido. Si siguen así en el PP, Acebes y Zaplana van a quedar solos… una vez que hayan destituido también al propio Rajoy.

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