Mientras desayunaba, en la radio francesa contaron que en la ciudad gala de Reims, la gente se queja que abrazar a Papa Noel cueste este año 1 euro. Naturalmente, los niños no consultan a sus padres antes de correr hacia el viejo para babearle. Los comerciantes, iniciadores de la idea, explican que el año pasado esta animación les costó 50.000 euros, entre Papa Noel y su equipo. Consideran lo mínimo que la gente participe al gasto. ¡Aguantar que te estén estirando la barba sintética tiene su precio! Pero para los padres, es una estafa: notan que aunque el euro suponga una cuantía ridícula, no deja de ser un gasto obligado. Yo diría además que, siendo ese Papa Noel un atractivo publicitario para niños excitados ante la cercanía de una deseada avalancha de regalos, resulta por lo menos inhabitual que una empresa le pida al consumidor que pague por la publicidad que debe soportar. ¡Imagínate que debas pagar por cada papel publicitario que traga tu buzón, o cada minuto de anuncios en la tele! En el fondo, esa publicidad ya se amortiza a través de una parte del precio del producto que compras. Para volver a Reims, siendo este episodio otro caso clínico de manifestación sin delicadeza de un capitalismo primitivo, diré que lo mejor es contestar con la misma moneda: competencia. Sugiero a un grupo que se disfrace de reyes magos y que se coloque al lado de Santa Claus pidiendo 50 céntimos para subir al camello. Seguro que tumban a Papa Noel.

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