Hace unos días, mi madre, que acaba de cumplir 59 años, me confesó que por primera vez, otra señora se había levantado en el autobús para dejarle el asiento. Me lo dijo añadiendo: “eso que parecía ella mayor que yo”. No sé si esa señora era efectivamente mayor o no. Pero entiendo cual debe ser el impacto para una persona que, acostumbrada a ser percibida como una niña llena de vitalidad, de repente se da cuenta que está pasando una etapa de la vida y que se está convirtiendo en persona mayor. No supe que contestarle. Probablemente porque yo mismo me quedé aún más impactado al realizar lo que os cuento. Pensé en los años de infancia, felices e inocentes, llenos de colores, en los cuales creía que mi madre lo sabía todo sobre todo. Me acordé del aula escolar, y de esa fruta o ese bizcocho que me encontraba siempre en la mochila a la hora de salir al recreo. De las fiestas de cumpleaños, con amigos, y con mi madre corriendo por la casa para traernos más tarta o zumo. Y pensé en esa nata que todavía hoy en día le añade a las fresas, porque sabe que me gusta… Una madre es una madre.

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