Francisco PerujoA mediodía, suena mi móvil: hay rumores según los cuales mi amigo Francisco Perujo habría fallecido el domingo en un accidente de tráfico, en Málaga. De mármol. Así quedo. De mármol. En los primeros segundos, me cuesta creerlo. En mi mente, se dispara una película de imágenes y el eco de una voz. Conocí a Francisco Perujo en 2004, durante la campaña en Suiza para las elecciones generales españolas. Ese año, el presidente de la Diputación de Málaga, Salvador Pendón, se acercó a este país para promocionar la candidatura de Zapatero. Entre los seguidores de la caravana estaba Perujo, un malagueño originario del pueblo de Ardales, del cual Salvador era además alcalde. Entonces, me pidió ayuda para montar su Festival internacional de flamenco de Ginebra. Le dije que sí, que le echaría una mano.

De allí surgió una amistad que se consolidó con el pasar del tiempo. Paco Perujo era un ser bueno, con enorme corazón, respetuoso de los demás como nadie. Ese era Perujo. La gente le conocía. La gente le quería. No podía ser de otra forma. Él y yo, teníamos confianza uno en el otro. Le gustaba mi forma de trabajar, mi forma de ir al grano, de no dejar nada para mañana. Se alegraba tanto cada vez que me veía… Creía en mí y me animaba. “Marco, tu tienes que seguir, tu tienes que ir más lejos”, me decía siempre. Yo admiraba su capacidad de mover las cosas con pocos medios. Se las arreglaba siempre para tener una programación perfecta en su festival. Y eso que, económicamente, nunca obtuvo para sus espectáculos las ayudas públicas que merecía. En el flamenco, le reconocieron más prestigio los suizos que los cegados administradores de subvenciones de España. Andalucía tiene una deuda con él. Perujo promocionó su tierra, llevando la cultura flamenca por lo alto, a cambio de nada.

Acababa de jubilarse hace unos días, en marzo, tras décadas trabajando en Renens, esta ciudad obrera del oeste de Suiza donde fueron a parar tantos españoles que en su país no encontraban forma de salir adelante. Perujo llegó aquí cuando tenía 28 años, y no le dio tiempo a regresar verdaderamente a su tierra. Con sus hijos artistas (su mayor orgullo en la vida), estaba ultimando la preparación de la quinta edición de su festival, prevista para octubre y noviembre de este año. La última para él. Ya que, sobretodo, también estaba ultimando su retorno definitivo a España, con viajes de ida y vuelta entre Málaga y Suiza. Acababa de cumplir los 65 años: ahora, por fin, le tocaba gozar de la vida. Antes de salir, hace unos días, me llamó y me dijo: “Bueno Marco, yo quisiera irme”. Como pidiendo permiso para hacerlo. En realidad, cumplía con la promesa, hecha semanas antes, de avisarme antes de marchar. “¿Y luego cuando vuelves?”, pregunté. “A finales de abril, a partir del 20, más o menos”, contestó. Y yo: “ah vale, pues entonces nos vemos pronto. Todavía no es el viaje definitivo. Llámame cuando estés de nuevo por la zona y tomamos un café tranquilamente”.

La semana pasada, precisamente, me llamó desde Málaga para recabar mi opinión sobre el nuevo Gobierno. Y más que nada sobre la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, que él conoció como directora de la Agencia andaluza del flamenco. “Esta chiquilla es increíble, la energía que tiene. Ya sabía yo que iba a llegar lejos”, me decía, feliz de conocer personalmente a una ministra que le abrazaba cada vez que le veía. Me invitó nuevamente a ir a verle este verano a su pueblo. El verano pasado no pudo ser, así que le prometí que lo haría en los dos o tres próximos años. “¿Entonces ya vuelves los próximos días?”, pregunté. “Aún no sé cuando. Te llamo nada más llegar. Yo te llamo, Marco. Yo te llamo”. Lo enterraron ayer en España y no me dio tiempo ni a saberlo. He pasado un día de mierda. Quizás esperando esa llamada de Paco que ya nunca llegará.

Anuncios