Una enfermedad grave, que ataca el organismo célula tras célula: se llama cáncer. Es lo que padece el PP, que con su segunda derrota electoral frente al PSOE de Zapatero no para de ver esfumarse los pesos pesados entorno a su debilitado líder Mariano Rajoy. Primero fueron los moderados (Piqué y compañía), a los que el ala dura fue dando cada día más asco a lo largo de la pasada legislatura. Podríamos incluir entre estos al alcalde madrileño Gallardón, aunque por conveniencia personal se declare afín a Rajoy. Luego, tras la derrota electoral, fueron los radicales Zaplana y Acebes, hasta ahora cabezas más visibles del partido junto a Rajoy, que anunciaron su retirada de la primera línea. Y ahora la vasca María San Gil, que da un portazo a la redacción de la ponencia política del próximo Congreso nacional de la formación, por considerarla floja. Y Ana Botella, mujer de Aznar, que apoya su amiga de Vascongadas. Los radicales dejan la primera línea, dirigiéndose hacia la sombra. Y detrás de todo esto está la mancha más negra, Esperanza Aguirre, que mantiene una guerra abierta con Mariano Rajoy y que avanza célula tras célula… Rajoy se encuentra cada día más solo, abandonado por sus dos costados, en un marco de división interna que algunos ya comparan con la que en su día reventó a la UCD. Solo le quedan fieles Soraya Sáenz de Santamaría, Ana Pastor (muy calladita pero pegada a su líder en los actos oficiales) y Esteban González Pons, que probablemente será nombrado sucesor de Acebes. ¿Es esta una fórmula suficiente para dirigir un partido inquieto y evitar su fragmentación?

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