Erase una vez un político barbudo, algo carente de carisma, sin verdadera personalidad, un tanto aburrido en su discurso y con una línea de acción amputada de valentía y coherencia. Por coincidencias, gracias a alguna que otra amistad y un perfil borrado, obtuvo la posibilidad de ser varias veces ministro en un gobierno cuyo jefe solo deseaba tener en su entorno a aquellos que no podrían sentarse en su sillón y sustraerle el estatus de gran gurú de referencia. Este hombre inconsistentillo, es Mariano Rajoy, presidente del PP desde el año 2004. Revalidado este año al frente de la principal formación política de la oposición, ha salvado su pellejo gracias a la amenaza de fractura que planeaba sobre su partido dividido entre la línea dura y la moderación. Todavía bajo el golpe de su segunda derrota consecutiva en unas elecciones generales, el partido de la derecha española no supo encontrar su vía. Sumergido en la duda y el desconcierto, mojado hasta el cuello en un indigesto baño de amargura y resignación, se dejó deslizar por el flácido tobogán de la reelección de su jefe saliente, al menos hasta que “algo” aportara un nuevo rumbo al partido.

El líder flojillo, que para asegurar su supervivencia se dejó manipular por los duros durante cuatro años, recientemente intentó sacar adelante una imagen de moderado. Sin éxito. El histórico incoherente, que un día dice algo y a la mañana siguiente profesa lo contrario sin la más mínima vergüenza, no consiguió más que evidenciar poco a poco su delgadez de hombros para verse permitir la entrada al patio de los grandes líderes, los que en la Historia del país han sabido ostentar plenamente la calidad de “responsables”.

Hoy, estamos a 12 de Octubre, Día de la Fiesta Nacional. Día del tradicional desfile de las Fuerzas Armadas. Hace un año, Mariano Rajoy intentó colocarse como líder supremo del españolismo, en vista de hacerse así con la condición de líder de España: en una escenificación digna de las alocuciones del Jefe del Estado, se hizo grabar en un video que ni un presidente del Gobierno se hubiera autorizado, realizando un llamamiento al pueblo español en ocasión de la Fiesta Nacional. Pedía a los ciudadanos “algún gesto” de franca exteriorización del sentimiento español, de lo “guardado en el corazón”. Le concedió al evento la máxima importancia, llegando casi hasta la ridiculez por vía de la exageración. Ya en 2003, había criticado al líder socialista por haber aprovechado la presencia de la bandera americana en el desfile militar para manifestar –sentado– su desacuerdo con el sometimiento de la España de Aznar a la ilegal política bélica de EEUU. Si el PP tiene pues su elenco de anécdotas de este tipo en relación con el 12 de Octubre, nada sería este listado sin lo ocurrido ayer, en la clausura de la XIII Interparlamentaria del PP en A Coruña, cuando Rajoy se dejó pillar con los micrófonos abiertos al decirle a su compañero Javier Arenas que hoy tenía el “coñazo del desfile; en fin, un plan apasionante”.

Difícil resulta, en tal contexto, deshacerse de la sensación cada vez mayor de estar viviendo tiempos marcados por la existencia en España de un jefe de la oposición completamente incoherente, irresponsable y sobretodo tremendamente hipócrita. Menudo coñazo.

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