Gaza, 29.12.2008 (AFP, El Pais)

Llevo varios días pensando en la situación en Oriente próximo, donde Israel ha vuelto a usar su artillería pesada contra las piedras de Palestina, que esta vez eran algo más que pedruscos. Las bombas israelíes están llevando por delante la vida de decenas de civiles, entre ellos niños. Niños muertos, niños matados por un estado: no me cabe mayor horror, más aún cuando pienso que sus semejantes de Occidente estaban abriendo sus regalos de Navidad. ¿Cómo quiere uno que ello no fomente el más radical de los odios en el pueblo palestino? Se habla de cerca de 400 fallecidos civiles en los últimos cinco días, en una franja de Gaza que se ha convertido con el pasar de los años en un auténtico campo carcelario. En comparación con este número de victimas palestinas de los ataques de Israel, los cohetes de los milicianos de Hamás se cobran el 1% de vidas: totalizan 4 muertos israelíes desde el sábado. La desmesura de la política de represalia decidida por Israel es algo del todo impresionante. La vergüenza del mundo desarrollado.

En Oriente próximo, la comunidad internacional lleva más de cincuenta años sin lograr resultados con su ineficaz política de comunicados de prensa y llamadas a la paz. La creación de dos estados no ha aportado una solución, ni muchos menos. Es evidente que hay que pensar en algo totalmente distinto. Cuando estudié este asunto en la universidad, por mucho empeño del profesor de Relaciones internacionales, la única conclusión que saqué es que esa zona del mundo está dejada a su suerte y que nadie sabe exactamente cual sería la forma de alcanzar la normalidad. Razón por la cual en boca de los expertos reina la ambigüedad. En la comunidad internacional, el hecho de actuar contundentemente contra la política de Israel resulta totalmente imposible por motivos probablemente tan inconfesables como el hecho que este problema surgió de la propia comunidad internacional: básicamente, partió de un monumental error de Gran Bretaña (que entonces colonizaba Palestina) por haber alojado al destrozado pueblo judío en esa tierra que ya era de otro pueblo. También está la imborrable deuda que siente el mundo hacia el pueblo judío tras el horror de la Segunda Guerra mundial, así como la influencia de los experimentados grupos y redes de presión pro-Israel a escala política y financiera mundial.

En medio de tanta complejidad, a veces vuelvo simplemente a recordar esa idea que desarrollé inocentemente en un examen de Historia, hará unos diez años: pensé que, visto lo visto, dado que no se puede expulsar a ninguno de los dos pueblos, que ambos tienen motivos para sentir esa tierra como suya, pero que tampoco hay forma de alcanzar la fórmula de dos estados duraderos y seguros, lo mejor sería crear un nuevo país, único, aconfesional e integrador. No sería ni Israel, ni Palestina, se basaría en algo totalmente nuevo. Pero esto, amigos, ¿quién lo defenderá? Quizás solo ese chico inocente en un examen que le salió bien, pero que ha quedado lejos de ser Libro Blanco.

Gaza, 28.12.2008 (AP, El Pais) Gaza, 27.12.2008 (AP, El Pais) Gaza, 27.12.2008 (AFP, El Pais)

Anuncios