Bandera de EuropaEs cierto: hay que hacer autocrítica. Las elecciones europeas no han ido bien, para nadie. Para el PSOE porque perdimos por primera vez desde que nos lidera Zapatero. Para el PP porque la diferencia de escaños que sacó ha sido ridícula. Pero lo que más me preocupa es la bajísima participación registrada. La Unión Europea no despega en los corazones: será por la frialdad de sus decisiones, su alejamiento de la calle, el carácter hermético de sus despachos o ese microcosmo tan particular del barrio europeo de Bruselas que formatea las mentes de quienes allí trabajan: personas muy interesantes, pero que no acaban de lograr tomar cierta distancia en relación con lo que están haciendo a diario.

Durante años, se ha hablado de Tratado de Lisboa, de ronda de Doha, de acuerdos de Niza… Y se han olvidado temas como la bajada de precios de móviles cuando viajas por Europa, las garantías para los productos alimentarios que se venden en los supermercados, o los viajes de ocio para la tercera edad. Estas ideas ilustrativas y claras, que son las que adquieren algo de significado para la gente, han llegado al debate demasiado tarde y ya con escasas posibilidades, en las tres o cuatro semanas de campaña. Los que nunca hemos trabajado en las instituciones europeas somos los que tuvimos que intervenir para que se tocaran estos temas que interesan a la calle. A veces, la gente que está en un asunto día y noche tiene la cara tan metida en el plato que le entra el arroz por la nariz y mientras tanto no sabe ni el color que tiene el alimento.

La socialdemocracia salió perdedora en toda la Unión (donde gobierna como donde ejerce la oposición) debido al hecho que la derecha supo recuperar las ideas fundamentales de la izquierda para afrontar tiempos de crisis económica: los conservadores se han hecho dueños de las inversiones públicas, de las obras impulsadas por el Estado y de las participaciones estatales en las empresas, mientras que a nosotros estas ideas parecían acomplejarnos. En definitiva, la derecha agotada ideológicamente le ha robado el keynesianismo a los socialistas, dejados en bolas. Y si ha podido hacerlo, ha sido en gran parte gracias a la elasticidad de su electorado ante las incoherencias políticas internas.

Pero esto no explica la derrota en España, donde el PSOE arrancó la maquinaria estatal a través del Plan E para dar caña a la crisis. Los socialistas españoles hemos cometido varios errores secundarios en cadena. Unos han sido cosméticos, como el abandono de nuestra propia identidad corporativa a favor de tipografías obsoletas, cuando las virtudes de una comunicación visual moderna y coordinada nos había aportado credibilidad durante años frente a una derecha que proyectaba una imagen desorganizada y fragmentada. La última semana de campaña me enteré casualmente que hasta en el propio PSOE Europa habíamos sacado material publicitario impresentable. Es lo que ocurre cuando no se respetan los mecanismos que siempre han funcionado.

Esta última observación, que vale para el marketing, también vale para el fondo político: probablemente la lista de candidatos no era la mejor para enderezar hacia Europa un debate de campaña que el PP torcía cada día más hacia asuntos nacionales en los que usar sus armas de predilección que son la mentira y la hipocresía. A nosotros nos corresponde asumir que de todos modos, esta campaña en periodo de crisis y nerviosismo iba a ser difícil. Y tomar nota que para contar con un partido movilizado al 100% hasta en sus últimas ramas, hay que brindarle consideración y confianza a todo el árbol, no sólo a las hojas que han crecido en el tronco chupando de la savia más fresca.

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