En el último pleno del Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior (CGCEE), la secretaria de Estado Consuelo Rumí animó a los integrantes del órgano consultivo formado por representantes de todos los países a fomentar el vínculo de los jóvenes españoles en el exterior con su tierra de origen. La responsable quiere conseguir que la contribución de las nuevas generaciones en las estructuras de los residentes en el exterior no se haga simplemente de manera testimonial “en diferentes comisiones” (del CGCEE), sino en los órganos de participación institucional y en el entramado asociativo. El director general de la Ciudadanía Española en el Exterior, Agustín Torres, incluso avisó que sin la llegada de jóvenes, el CGCEE morirá en una década. ¿Dónde está el problema y por qué no se interesan los jóvenes a todos estos rollos?

En primer lugar porque su inmensa mayoría desconoce totalmente la existencia de un Consejo de Residentes Españoles en cada consulado importante, al igual que desconoce que hay un Consejo General a nivel mundial. No saben ni que existen, ni cual es su papel. Se trata de órganos que nunca salen en la tele, al no interesar los telediarios nacionales. A esto hay que añadir un factor agravante: TVE Internacional no dispone del más mínimo informativo adicional dedicado a la actualidad de los españoles en el exterior, a pesar de haberse promocionado la idea por activa y por pasiva. Toda la labor de los consejos consultivos queda pues sujeta a la difusión alcanzable por internet o a través de algunas publicaciones periódicas que esencialmente llegan a administraciones y centros españoles: una información temática muy cerrada a la que acceden principalmente los que la buscan específicamente, y no un colectivo receptor general que absorbe esta información sin ir a por ella, al mismo tiempo que otras noticias diversificadas para no aburrir.

Hemos citado a los centros como lugares donde llega (o debería llegar) algún que otro semanal que aborde estos temas. Precisamente, los jóvenes no frecuentan los centros españoles como lo hacían sus padres (que ya no eran todos adeptos de estas estructuras). Al menos en Europa, a la vista está que los centros están perdiendo velocidad entre los españoles, compensándose esta erosión con algo de terreno ganado en el colectivo sudamericano. Los jóvenes se integran en su país de origen, salen con los amigos del lugar y fomentan enlaces profesionales indígenas. ¿Y España? La dejan para las vacaciones de verano… Al menos así es durante unos años, hasta que llegan a la edad de moverse solos por el mundo y se animan a dedicar el verano a visitar otros países, con amigos o en pareja.

No es que España no interese a los jóvenes en el exterior. Al contrario, están orgullosos de su pasaporte. Ocurre simplemente que estos chicos tienen las mismas preocupaciones que los del interior: “quiero independizarme para ganar estatus social > necesito una vivienda propia > necesito dinero para pagarla > necesito trabajo para ganar dinero > necesito un buen trabajo para estar satisfecho en todo esto e incluso poder viajar y permitirme algún que otro gasto”. Dedican pues su tiempo a encontrar soluciones a estos asuntos de vida. Y visto que hoy en día ya no tienen garantizado un empleo al salir de la universidad (se acabaron los buenos tiempos), incluso llegan a los 30 años sin saber exactamente como funciona el colectivo español del que forman parte. Básicamente, no tuvieron oportunidades de dedicarse a ello. Y si tuvieron algo de tiempo, no encontraron interés en invertirlo en la vida del colectivo.

Las preguntas que se formulan los jóvenes a los que se les propone participar son básicas: ¿Qué les aporta formar parte de un Consejo de Residentes? ¿Qué les aporta ser candidato al CGCEE y resultar elegido? ¿Qué interés concreto tiene afiliarse a un partido político español y militar desde el exterior?

En España, participar en la vida municipal siendo militante o candidato abre puertas para un futuro profesional. Aún más interesantes son las puertas si se participa de algún modo en la vida autonómica o en la política nacional. El centro de la cuestión de la participación institucional o política reside precisamente en que, además de la satisfacción personal que pueda traer la noble actividad, debe haber algo detrás, una “retribución militante”. De no ser así, la pasión podrá mover durante un tiempo, pero esa época de idealismo acabará agotándose tarde o temprano, más aún si hay otros problemas que atender en la vida.

Los órganos de los que disponemos en el exterior son meros foros consultivos sin papel más relevante que el de dar su opinión a un cónsul sobre el funcionamiento de la oficina. No tienen verdadero presupuesto de funcionamiento, carecen de atribuciones que levanten interés y el reconocimiento social es escaso (a raíz del escaso conocimiento social). Además, por muchas energías que se les dediquen, no dan para vivir. Hasta las propias elecciones a los Consejos de Residentes parecen ridículas en relación con cualquier elección en España: al tener que solicitar el material de voto en el buen momento y sin recibir aviso previo en las casas, la mayor parte de los electores ni se entera que se celebran comicios. El resultado lógico es siempre el mismo: una participación bajísima.

Si el único interés que tiene formar parte de un Consejo de Residentes es ser invitado a un encuentro con un presidente autonómico de visita o un director general de la administración española que acude a tu país de residencia, por muy buena gente que sean estos cargos, es evidente que serán pocos los ciudadanos que se involucren.

Para atraer a los jóvenes hacia las instituciones españolas, hay que hacer precisamente lo que dijo Consuelo Rumí: conseguir que su participación en las instituciones no se haga simplemente de manera testimonial. ¿Cuantos residentes en el exterior han sido parlamentarios en España? ¿Cuantos han formado parte de la dirección de un partido político a nivel nacional? ¿Cuantos han sido nombrados secretarios de Estado? ¿Cuantos han sido ministros? Allí está el problema. A pesar de ser un colectivo numeroso, más grande que la población de algunas comunidades autónomas, los residentes en el exterior han sido apartados de la decisión pública en todo lo que llevamos de Democracia. Relegados a los últimos puestos de las listas electorales cuando los partidos políticos tuvieron el detalle de incluirlos, han sido ciudadanos de segunda o tercera categoría, que incluso en su día tuvieron que pelear para tan solo poder votar. Por mucho que se haya querido desviar la mirada, esta realidad no deja de haber constituido una forma de desprecio que hoy tiene sus consecuencias indirectas.

En efecto, si seguimos así, todo lo que hay ahora se cerrará en diez años. Y se perderán los vínculos. Se acabó la época en la cual se aceptaba de buen grado estar en segundo o tercer plano, o limitarse a participar al máximo en un órgano sin poderes, de mero papel consultivo. Si España quiere que la nueva generación de residentes en el exterior –por cierto, muchísimo más preparada que las anteriores– se interese por su país de origen, el país de origen va a tener que dejarle claro al colectivo que tiene motivos para hacerlo y que el papel reservado es todo menos testimonial. Me alegro que en eso estemos todos.

(Publicado en El Plural)

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