Vaya semanita. Abunda la actualidad sofocante para la oposición. El PP está siendo ahogado por la trama de corrupción Gürtel, podredumbre que al parecer se ha extendido por todo el país a través de las comunidades autónomas donde gobierna el Partido Popular. Entre regalos de lujo realizados por empresarios a los cargos del PP (en Valencia), trucos para pasar por encima de la ley al adjudicar contratos a amiguitos del gobierno regional del PP (en Madrid), pagos en dinero negro y financiación ilegal del PP de Galicia, los “populares” viven probablemente uno de los episodios más graves de su historia.

Mientras tanto, un pálido Rajoy se limitaba ayer a decir que “el partido va bien”, rechazando las preguntas de los periodistas (técnica consolidada en la derecha). Y el presidente gallego Feijóo a comentar que “hablamos de cuestiones de hace diez años”, como para quitarse de encima la responsabilidad, pero sin darse cuenta que admitía públicamente que el partido que preside actuó de forma ilegal hasta hace muy poco tiempo. Hoy Rajoy se ve acorralado y accede a admitir que los “implicados deberán asumir responsabilidades”, ya que no puede seguir tapándose detrás del ahora levantado secreto de sumario.

Una encuesta en la web propone a los internautas que manifiesten su opinión sobre la respuesta que dará el PP tras las nuevas revelaciones del caso Gürtel. El 76% cree que el PP insistirá en la teoría del montaje, el 19% opina que guardará silencio y tan solo el 5% considera que exigirá dimisiones. No se equivocan. Cunde la desconfianza hacia la honestidad del PP, a pesar de guardar cierta estabilidad en las encuestas electorales. Algunos piensan que el PP se está institucionalizando como “partido del juego sucio” y que la gente lo tiene interiorizado. Creo que en una sociedad moderna e inteligente, es necesaria indignación ante la corruptela y la inmoralidad: lo que la Justicia no perdonaría al ciudadano Lambda, la sociedad no puede perdonárselo a ningún politiquillo de bajos principios. Peor aún: por encima de conocidos impunes, lo que no puede haber es todo un partido (o “clan”) político impune que se sale con la risita. A los deshonestos, lo que les toca es dejar de desviar la atención, asumir y pagar sin rechistar. En política, los que no quieren jugar en igualdad de condiciones no pueden seguir en la mesa.

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