Si lo que publicó hoy La Voz de Galicia en clave nacional se realizara tal cual, unos parlamentarios de la subcomisión de reforma electoral se habrían cargado el voto exterior, fusilándolo de golpe. Cerrar un acuerdo para que los residentes en el exterior deban solicitar por escrito el material de voto para ejercer su legítimo derecho constitucional supone conseguir a ciencia cierta una catastrófica reducción de la participación electoral de la diáspora, como ya es el caso actualmente en las elecciones municipales y a los Consejos de Residentes Españoles en el Exterior, órganos consultivos consulares que nadie conoce en España. Y dentro de unos años se argumentaría: “es que a los de fuera no les interesa votar, así que lo suprimimos del todo”.

Por otra parte, no se entiende con qué derecho se pueda supuestamente decidir que los residentes en el exterior dejemos de votar al Congreso de los Diputados (actualmente sí votamos, aunque a través de nuestra provincia de inscripción censal y a diputados que son todos residentes en el territorio). De aplicarse esta mutilación de derechos, estaríamos siendo víctimas de un retroceso democrático de corte mayor, con una merma impresionante en los derechos constitucionales básicos de los expatriados.

Si bien es cierto que es positiva la introducción de una representación parlamentaria directa de la diáspora en el Senado, no se sabe aún si será un cupo fijo de senadores o si se calculará en base a los mismos principios que para los demás españoles. De ser un cupo cerrado y fijado arbitrariamente, no cumplirá con la exigencia de igualdad democrática entre ciudadanos que fija la Constitución: los dos millones de españoles de pleno derecho que residimos en el exterior seríamos automáticamente considerados como ciudadanos a medias, “ciudadanuchos” de “cierra el pico, que decido yo”.

Gran paradoja: el PSOE Europa, que ha sido motor de la reivindicación de la representación parlamentaria de los españoles en el exterior, no ha sido consultado por los parlamentarios que han llevado a cabo estos trabajos en la subcomisión de reforma electoral. Tampoco se ha consultado al Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior, nuestro actual cauce de representación institucional (consultiva, aquí también…), aunque la Ley 40/2006 así lo marque.

Para añadirle leña al fuego: el tenor de los comentarios que leo en la red, que es asombroso. La incultura y la matadora simplificación encienden pasiones. En un blog, se dice que los residentes en el exterior “podrán votar para elegir a cuatro o cinco representantes que pasarán a formar parte del Senado, una cámara conocida por su manifiesta inutilidad, que necesita una reforma desde hace muchos años. Es decir, podrán seguir votando muertos. Pero lo harán con votos muertos, de los que no sirven para nada”.

Lo que ocurre en la cruda realidad es que no votan más muertos desde fuera que en los pueblos perdidos de España, donde hasta se entregan las papeletas en los autocares que van de la residencia de ancianos a la mesa electoral. Y a esos no se les amputa el derecho al voto. Así que, antes de criticar fácilmente a los de fuera, estemos atentos a los de dentro, que no son mejores.

También es totalmente incierto que el voto exterior “altere” cualquier resultado electoral. Su único pecado es ser recontado días después: pero esta es una mera cuestión de organización administrativa, que tendría fácil arreglo si algún responsable de procesos electorales se propusiera cambiarlo. De ninguna manera el voto exterior modifica el resultado: cuenta lo mismo que el voto de una provincia cualquiera. Es muy sencillo: de recontar el voto interior de esta provincia elegida al azar después del voto exterior, se tomaría exactamente el mismo atajo simplista (“tal provincia cambió el resultado”). El voto exterior es pues parte del voto total: se suma al resto y punto. La crítica solo sería pertinente en caso de que todas las provincias españolas votasen exactamente de la misma manera, con los mismos porcentajes de electores a favor de un partido y de otro, y que solamente el voto exterior votase de forma distinta. Y este no es el caso.

Dejemos de criminalizar al voto exterior, dejémoslo de una maldita vez, y pongamos en marcha una representación parlamentaria directa del exterior en el Congreso y en el Senado, con número de escaños calculado en base a las mismas normas aplicadas para los residentes en territorio nacional y con dos circunscripciones (América y Europa). Pongamos en marcha urnas si así lo quiere el PP, pero enviemos el material de voto a casa de forma automática (como se hace ahora para las generales y autonómicas, y como también se hace en otros países) y que cada cual decida si votar por correo o acudir a la mesa. Pongamos además en marcha el voto por internet, que está funcionando con todas las garantías en otros lugares del planeta. Pongámonos a trabajar seriamente, por favor.

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