Hoy me apetece hablar de polvo (que no de un polvo, tampoco soy tan extravertido). Pasando el aspirador por casa con al menos cuatro días de retraso, me fijé en un detalle de esos que presencias más de una vez sin concederle importancia. El polvo, dichoso sea, es una especie que, aún sin tener vida, es capaz de velar por su propios intereses.

Me explico. Este asqueroso suele esconderse por todas partes evitando en lo posible aquellos sitios con mayor tráfico. Hasta aquí nada sorprendente. Pero tal comportamiento natural, innato, inteligente, le propicia al polvo mayores probabilidades de expansión. Lo cual favorce la reproducción de la especie. Por otra parte, el polvo ha desarrollado un mecanismo de autodefensa especialmente sofisticado ya que, en sus casos de mayor concentración en forma de copo, el polvo se retrotrae proporcionalmente al movimiento de acercamiento del aspirador.

Y ahora hagamos un ejercicio de análisis sobre lo que acabo de escribir. He desvelado dos informaciones realmente relevantes. Pero es tal su grado de dilución en un texto tan inocente que probablemente no hayan trascendido hasta ahora: 1. buena falta de aspirador le hacía al piso, dejado unos cuantos días a su suerte ; 2. el aspirador, y otras cosas, las hago yo, ya que en la vida no basta con predicar la igualdad. Así pues, vemos que hasta de la boba rutina de un aspirador corrientito logramos sacar microlecciones de comunicación.

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