Estoy de confesión. Hay algo que tiene el don de ponerme de mala leche: es la etiqueta de la camisa, que indica el comportamiento a seguir a la hora de lavar y planchar la prenda. Esa misma etiqueta que suelen coser en el lateral izquierdo interior, mira por donde, precisamente en el lugar exacto en el que puede resultar más molesta. Lleves la camisa dentro o fuera del pantalón, te roza. Lo peor es que, ya sea una camisa barata o cara, ahora las malditas etiquetas las hacen todas iguales. Hoy llevo una camisa de esas ya considerables buenas por un ciudadano de renta media y mira que no hay forma: cada vez más, las etiquetas las imprimen en un material raro, algo como “papel plástico”. Y si por suerte te toca una de tela, es de esa tela que tienen que quemar por el lateral para que no se vaya deshaciendo: vamos, lo ideal para amantes de mini-arañazos a repetición durante todo el día. Porque hay gente como yo que no puede permitirse quitarlas: sin ellas, las veces que me toca poner la lavadora, estoy perdido. Ocurre que –nunca mejor dicho– no todo es blanco lo que parece. Os lo digo: con las etiquetas, hay dilema para repartir.

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