Cuando mi hermano y yo éramos pequeños, mis padres tenían costumbre de dejarnos ver la tele hasta el final del informativo de las 20h de la Rai 1, entonces telediario de referencia en mi casa de italo-españoles. Pero a menudo, nos resistíamos ante la idea de irnos a la cama, prefiriendo quedarnos un rato más en familia delante de la pantalla. Así que mi madre, astuta, desarrolló una técnica que consistía en levantarse del sofá y caminar a pasitos –casi bailando– hasta las habitaciones, cantando de forma repetitiva una frase que decía algo así como “¿quién viene conmigo?” Evidentemente, caíamos en la trampa cada vez y corríamos detrás de ella cuando se aproximaba a la oscuridad del pasillo. Formábamos un tren con una locomotora y dos vagones pequeños en pijama. Nos depositaba a cada uno en nuestra cama, listos para soñar, mientras en el salón sonaba la sintonía final del telediario. Este rito diario duró unos cuantos años. Poco a poco fue reduciéndose su frecuencia, hasta desaparecer en el olvido. Sin ser conscientes de ello, una noche pasó el que sería el último tren: mientras cantábamos el inocente “¿quién viene conmigo?”, no sabíamos que en ese momento preciso se estaba despidiendo de nosotros la tierna e irrepetible infancia.

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