Reconozco que lloré, la noche electoral. Pero no la de este fin de semana, sino la del 2000, cuando Almunia dimitió al conseguir Aznar su mayoría absoluta. Entonces yo era un chaval de 18 años, simpatizante socialista y admirador de Felipe González, pero inocente y ajeno a la dureza de la política.

Este domingo 22 de mayo de 2011, con siete años de portavocía del PSOE Europa a las espaldas, seguí los resultados con relativa lejanía y frialdad. Bastante desencantado tras la errónea reforma del voto exterior desarrollada en 2010 a espaldas del PSOE Europa y de las agrupaciones de América, recordando el nefasto impacto que el desánimo político y el desprecio tuvo en nuestras vidas personales, no me sorprendió la derrota socialista ni me sacudió su amplio alcance. Ninguna lágrima vino a recorrer mi rostro. Simplemente sentí tristeza para nuestros compañeros regionales, muchos de los cuales son personas y políticos de gran calidad, cuya labor no se merecía tal sanción. Les llegó esta cruel bofetada desde la política nacional, tan injustamente como a Zapatero le llegó el puñetazo de la crisis financiera internacional.

Pero además de los efectos de la economía, entre las causas de esta anunciada debacle también está otro factor trascendental pero menos conocido, aunque relacionado con las quejas del 15-M: la forma de hacer política. Respeto, cercanía, escucha, diálogo, reconocimiento. En partidos como el PSOE, lleno de sensibles, esperanzados, cultos y desinteresados, cuando nos falla alguna de estas virtudes, salimos duramente afectados. En diciembre, alguna tarjeta de fin de año de esas que se remiten a altos responsables quiso recordar a la desesperada la importancia de tales valores…

En su tribuna de hoy en El País, el exministro Jordi Sevilla, apela con razón a emprender una “catarsis renovadora en el PSOE, en forma de primarias, y encontrar una alternativa a la actual manera de hacer política y a su contenido”. Dice que “el único objetivo de la misma debería de ser recuperar la confianza mayoritaria de los españoles y no solo buscar la mejor manera de asegurar los puestos de la cúpula partidista”.

Los que nos hemos comprometido en el PSOE a favor de los ideales de la gente que no tiene de todo, los que hemos entrado en esta casa para defender a quienes lo necesitan (en mi caso a esa minoría ciudadana olvidada y políticamente despreciada que son los residentes en el exterior), nos hemos encontrado en los últimos cuatro años con un aire enrarecido en Ferraz. Quizá lo que haya que reprochar al aparato federal del partido sea una cierta arrogancia y autosuficiencia que a muchos responsables de tercera o décima fila nos ha dejado decepcionados y desconcertados. Hemos aguantado y callado durante años pequeñas dósis de malestar, casi ridículas si las consideramos de forma aislada pero que, acumuladas, suman una masa significativa que decepciona y deja perplejidad en el alma. Como muchas otras veces, ayer nos enteramos por la prensa que el vicesecretario general del PSOE había hablado “con todos” los líderes de las federaciones socialistas, en este caso para analizar la situación. El PSOE Europa es oficialmente una federación regional, fuera de España (la única), pero no menos federación que las demás. Como muchas otras veces, el teléfono de su líder no sonó.

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