A veces concedemos importancia a determinados aspectos que podríamos cómodamente ignorar. Somos conscientes de ello y no podemos evitarlo. En el fondo, nuestra actitud responde a nuestras convicciones. Respetamos ciertos valores que consideramos fundamentales en la vida y que son ingredientes de la receta de nuestra personalidad. Pero si a nosotros nos parece sencillamente lógica esta forma de actuar, no podemos exigir de los demás que la entiendan de inmediato. Incluso personas que conocemos bien pueden equivocarse sobre nuestras intenciones, creándose ideas que nada tienen que ver con la realidad. En estos casos, como la pescadilla que se muerde la cola, toda carencia de comunicación crea confusión, que a su vez dificulta la comunicación.

Entonces se presenta el dilema: ¿es más importante lo que pensamos o lo que los demás acaban pensando de nosotros? Nos movemos por el camino que consideramos correcto. O al menos por el que nos parece menos erróneo. Nos metemos en pequeñas carreteras, haciendo paradas y rodeando, cuando podríamos perfectamente quedar en la autopista y pasar de largo. Todo esto nos supone un coste elevado, ciertamente, pero lo asumimos. En el fondo, es el precio de nuestras convicciones, aquellas que hemos ido consolidando a lo largo de la vida.

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