Hace unos años, prima, acudiste a Suiza para visitarnos con tus hijos. Nos comentaste que te emocionaste al aterrizar y ver el letrero gigante de Ginebra en el aeropuerto, por la carga simbólica que ello representaba en una familia como la nuestra, marcada por la emigración. Querías conocer esto y al mismo tiempo compartirlo con Marta, Oscar y Nacho, la carne de tu carne, tu gran pasión. Una noche te propuse salir a tomar unas copas con un amigo. Te encerraste en la habitación para cambiarte y cuando saliste me dejaste boquiabierto: te habías arreglado de tal forma que te quitaste una década en pocos minutos. Estabas guapísima. En el club los chicos se fijaban en ti. A mi amigo, que es de mi edad, no le has dejado indiferente a pesar de los trece años que nos sacabas.

Esa maldita larga enfermedad que nos azota a los Ferrero –siendo lo único capaz de pararnos– vino a por ti. El año pasado llegamos a creer que en tu caso la batalla estaba vencida. Y teníamos razón. Pero la guerra iba a ser más larga, volviendo con otra batalla, aún más cruel. La semana pasada te escribí unas líneas inútiles, desde la desesperación que provoca la impotencia en la que nos encontrábamos. El jueves, cuando subimos a León por última vez para verte, ya ni podías hablar. Pero tus ojos cerrados me contaron lo que sufrías.

Reme, para mi has sido un ejemplo, una referencia, un pilar de la familia. Tu carácter emprendedor, tu actividad incesante, tu valentía, tu amor por nuestra tierra zamorana, tu compromiso político (distinto al mío, pero siempre respetuoso) y tu mirada atenta al mínimo detalle siempre despertaron mi admiración. Espero que en ese puerto hayas encontrado la merecida calma. Tengo tu voz en la cabeza, que me habla al mismo tiempo que sonríe. Te quiero. Adiós, guapa.

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