No sé cuánto tiempo habrá pasado desde ese día. ¿Año y medio, dos años, tres…? En un tren con el que iba al aeropuerto de Bruselas de regreso a mi querida Suiza, parado en la estación central de la capital belga, observaba desde la ventanilla los gestos de los viajeros en el andén de enfrente. Recuerdo que era un día soleado. Un hombre mayor, con un abrigo largo y elegante, guardó un pañuelo de tela en su bolsillo izquierdo. Al sacar la mano, se le cayó un reloj de bolsillo, con cadenita, que fue a parar directamente a la vía, justo a sus pies pero ya fuera de su campo de visión. El señor no se enteró. Desde mi asiento en el tren, me puse a hacerle gestos. Pero el sol le deslumbraba la vista al hombre, que no percibía nada de mis señales. Al cabo de unos segundos empezó a buscar ese reloj, en todos los bolsillos. Miró al suelo, miró detrás. Pensé que lo había localizado en la vía porque en ella paró la mirada, pero no. Quise abrir la ventana y gritarle a ese hombre que pidiese ayuda a un empleado de la estación para recuperar su reloj. Pero tardé en decidirme y cuando quise levantarme, el tren arrancó. “Soy un estúpido”, pensé.

No sé si al final lo habrá recuperado. Me temo que no. Con lo que siempre me gustaron los relojes de bolsillo, no entiendo que no haya sabido reaccionar mejor en ese momento. Tampoco sé nada de la historia de ese reloj. Pero el caso es que el episodio anecdótico no se me borra de la cabeza. ¿Y si el reloj era una herencia de sus abuelos o de sus padres? ¿Y si se lo había regalado una persona querida? ¿Y si se trataba del recuerdo de algún momento especial de su vida? Parecerá una estupidez, pero me arrepiento. Tanto, que esta noche le quiero pedir perdón a ese anónimo, por no haber estado a la altura de la posibilidad que el azar había decidido entregarme ese día.

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