Ese día me dijo “guarda davanti e pedala, ti tengo io”, que en italiano significa “mira hacia adelante y da pedal, te sujeto yo”. Ejecuté, convencido de que la mano de mi padre agarraba el sillín blanco de mi pequeña bicicleta azul, a la que acabábamos de quitarle las dos ruedecitas laterales. Mientras tanto, empezó a animarme, diciéndome que se me daba tan bien que iríamos así hasta Milán o no sé dónde… Le contesté, enrollándome. Al rato me enteré de que ya no me daba réplica. Entonces me paré (o me caí) y me di cuenta de la victoria: mi padre ya estaba lejos, detrás de mí. Me miraba con satisfacción y esa sonrisa muy suya, llena y sincera. A mi padre, ese bigotudo del que nunca hablo lo suficiente, agradezco no solamente que a mi hermano y a mí nos haya enseñado a llevar la bici y luego el coche, sino también la vida con honradez. Y que siga siendo ese apoyo tan respetuoso, discreto y leal.

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