Siempre observo la cara del automovilista que me deja cruzar un paso de cebra. Como peatón sueles encontrarte con tres tipos distintos: el conductor que no se para, el que se para y mira para otro lado, el que se para y te sonríe. Los tres son curiosos.

El primer tipo, que no se detiene, incumple la normativa. Lo hace por distracción o por ir rematadamente lanzado. En muchas ocasiones lo hace porque le molesta interrumpir su rumbo: te ve, ves que te ve, ve que les has visto viéndote, pero el tío pasa recto. A este, le dedicas una cara de criminal, especialmente cuando el viento gélido encontró forma de subir por el pantalón o cuando ya estás empapado por una lluvia lateral.

El segundo tipo de conductor se para y mira para otro lado mientras cruzas. Suele ser un hombre. Le incordias. O le incordia la normativa, que le parece una cosa de niñas.

El tercer tipo de conductor se para. Es verdad que las mujeres se paran casi todas. Los más mayores también. Le dedicas tu propia sonrisa y un gesto de agradecimiento. No conoces a esa persona, que apenas distingues detrás de su cristal, pero notas que le complace el rápido intercambio. Se siente correcta. Y si se te ocurre manifestar de forma algo efusiva tu gesto de gratitud, le arrancas una buena sonrisa llena de sinceridad. A mí, esta rutina aparentemente boba me gusta para empezar la jornada laboral en positivo. Cada loco con su tema. Buen día a todos.

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