La Historia está para sacar lecciones y no repetir errores. La última vez que el PSOE salió del Gobierno, en 1996, el aparato del partido favoreció el continuismo aupando a Joaquín Almunia. A pesar de su perfil de dirigente preparado, el nuevo secretario general empezó sufriendo la contestación interna, en unas primarias perdidas frente a Josep Borrell. Posteriormente llegaría un nuevo rechazo –mayor– en las elecciones del 2000 perdidas frente a un PP revalidado y reforzado. Los españoles no son adeptos de alargar etapas desgastadas. En la derecha también sobran ejemplos: de la brevedad del liderazgo de Leopoldo Calvo-Sotelo hasta el propio ejemplo de Mariano Rajoy. Heredero de Aznar, el presidente del PP tuvo que concurrir a tres elecciones generales antes de que factores externos permitieran su victoria, a defecto de contar con méritos propios o una figura de líder bien valorado.

Surgido de un congreso abierto, José Luis Rodríguez Zapatero venció de inmediato en las encuestas de valoración de líderes y ganó las elecciones a la primera (ya las autonómicas y municipales del 2003), en menos tiempo aún que Felipe González. Ambos socialistas eran renovadores, ambos rompieron con la trayectoria anterior, saliendo recompensada la reactividad del PSOE.

La derrota electoral socialista del 2011 no se debe solamente a la crisis económica. Cierta desafección interna lleva su debida parte de responsabilidad. Hace tiempo que la mayoría de rostros de la corriente “Nueva Vía” de Zapatero han sido sustituidos en la primera fila del partido. Desde entonces, en demasiadas ocasiones, la actual dirección pudo demostrar bastante más respeto hacia el resto de la casa, más confianza, valentía y coherencia política. Las formas erosionaron el fondo. Ejemplo de ello es la reforma del voto exterior, que se realizó desde el desconocimiento, en contra de lo que decía el propio programa electoral y despreciando la opinión de todas las federaciones del PSOE que se preocuparon por el tema. El descontento que se trasladó al electorado primero pasó por la militancia, que se quemó y se cansó de aguantar la actitud de quienes ni se molestaban en atender las llamadas de las segundas y terceras filas del partido, ocupados que estaban a crearse un caparazón poniendo trabas de forma llamativa a valores emergentes como Tomás Gómez en Madrid.

A esto se pueden sumar errores del Gobierno en su comunicación, que no alcanzó los ciudadanos y no les permitió comprobar la magnitud de políticas que se acertaron en todos los ministerios. En la última legislatura, de tanto poner el acento sobre la economía, no se percibió sensación de actividad en los demás ámbitos. Dejamos entender que todo el socialismo centraba su esfuerzo en un único campo, a sabiendas del carácter difícilmente fructífero de la batalla. ¿Qué lectura de nuestra capacidad de gestión esperábamos?

El Gobierno entendía su tarea de autopromoción como prioridad periférica y no puso en marcha mecanismos dinámicos de defensa fuerte de sus políticas. Al mismo tiempo, el partido consideraba que no debía sustituirse al Gobierno en la comunicación. Hasta el 37 Congreso federal, en 2008, el atril de la sala de prensa de Ferraz supo cubrir las carencias gubernamentales en el campo de la divulgación y vulgarización. Luego, nadie ha sido realmente capaz de justificar desde la socialdemocracia las medidas tomadas para frenar esa dura realidad que invadía España tras cruzar el Atlántico. El discurso se nos cortó y en ese momento la luz se apagó.

Por otra parte, la modernización del Estado que los españoles se esperaban del PSOE no ha llegado a colmarse en facetas importantes de la relación directa con el ciudadano. ¿Es normal que sigamos hoy por hoy necesitando la intervención de gestorías para resolver trámites con las administraciones? Un particular que desea importar un automóvil a España debe hacer cola en al menos cinco ventanillas distintas, públicas y privadas, cuando en otros países se resuelve todo en 20 minutos en el equivalente de la DGT. ¿Es normal que, a más de 30 años del final de la dictadura, determinadas oficinas del Estado sigan tratando al ciudadano de manera arrogante y maleducada? ¿Es normal que un Zamorano que regresa de un viaje a Berlín tarde más en la espera de su pésima comunicación terrestre desde Madrid que lo que duró su pasaje aéreo? ¿Es normal que debido a vacíos legales sigan existiendo lugares de la España rural en la que los ciudadanos no tengan derecho al abastecimiento en agua potable? ¿Es normal que anunciemos años atrás que en breve ya no será necesario adjuntar copia del DNI a todas las solicitudes al Estado y que en la práctica ello siga siendo obligatorio por falta de organización interna? ¿Es normal que acertemos en la ley antitabaco y que no seamos capaces de afrontar con valentía los graves problemas que causan los motores diésel en las ciudades? ¿Es normal que prometamos diputados y senadores propios a los españoles en el exterior y que, en vez de ello, les retiremos el derecho al voto municipal aunque tengan casas en España y les obliguemos a rogar por escrito antes de cada elección la autorización para ejercer su derecho democrático constitucional?

Al PSOE le suelen venir bien los periodos de oposición. Le sirven para abrir las ventanas. La militancia, que en su día se apasionó por el proyecto de Zapatero tras elegirle libremente entre varios, espera hoy poder ejercer el mismo gesto, dotándose de energías y cobrando ilusión de futuro. Y es que la sustitución de los verdaderos líderes es un derecho reservado que ningún aparato puede sustraer a las bases. El 38 Congreso debe abrir una etapa nueva a través de perfiles humildes, cuidadosos, conectados con la realidad y dotados de espíritu de equipo, además de inquebrantables convicciones progresistas.

La OIT y la OCDE no prevén que España supere la crisis antes del 2016, un año después de las próximas elecciones generales en las que tendrán que rendir cuentas quienes acusaron vilmente al Gobierno socialista de ser el único detentor de la palanca económica. Es posible imaginar que no tengamos más de cuatro años para recorrer el camino que entre 1996 y 2004 comenzamos con la despedida del anterior gobernante y la derrota de su delfín, para concluirlo con la remontada victoriosa de la mano del nuevo líder, consolidado como tal en su tarea parlamentaria a lo largo de la legislatura. Por eso, más que nunca, es pertinente no dejar para mañana lo que ya podemos hacer hoy. Por eso, mi corazón apuesta por Carme y mi cabeza confía en Chacón.

El PSOE del próximo lunes será la herramienta que los delegados del 38 Congreso pondrán a disposición del país para una nueva etapa. Habrá otro rostro al frente de la Secretaría General del PSOE y, pase lo que pase, todos vamos a caminar juntos, sumando nuestro andar al de los demás ciudadanos. Espero que acertemos: a nadie le amarga una figura que proyecte buena imagen y dinamismo, rotundamente alternativa al adversario político. La nueva cepa simplemente necesita que no se le cierre el paso, aunque sólo sea porque la generación de hoy merece la oportunidad que ya tuvo la de ayer. Hemos perdido muchos votantes, cuatro de cada diez. Si no reaccionamos ya como sabemos hacerlo, corremos el riesgo de perder los militantes, nuestros pies en el suelo. De la mano de la ilusión llegará el resurgir.

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