Hace unas semanas, Señora, Ud. colgó un billete de su buzón indicando que, debido a su edad y su salud, no podía seguir repartiendo cada noche en los buzones las llaves de la lavadora que compartimos los pocos inquilinos del edificio. Ese papelito, escrito con su bonita caligrafía (heredada de un tiempo en el que acertadamente se concedía importancia a la estética de la letra en los colegios), me llamó la atención: no sabía de sus problemas de salud.

El caso es que de repente no he vuelto a cruzármela por las escaleras ni en la entrada del edificio, cuando todavía pocos días antes su compañero y Usted bajaron a pedirme ayuda para cambiar una bombilla.

Hace poco, este amigo suyo me explicó que Usted se fue a operar de un ojo, que sufrió un ataque y que desde entonces se encuentra en readaptación en el hospital. Así las cosas, Señora, Usted lleva más de un mes aprendiendo nuevamente aquellos gestos que realizó perfectamente durante 89 años, como caminar. El viernes, se emocionó cuando por sorpresa me pasé por el hospital para visitarla. Las enfermeras me explicaron que por su habitación no acude nadie más que su chico de 83 años, cuando sus fuerzas se lo permiten. Usted tiene una amiga en el edificio vecino, pero la pobre no se atreve a verla ingresada en el hospital.

Durante más de veinte años, Señora, Usted ha repartido las llaves de forma voluntaria, sin que nadie le haya agradecido nada ni le haya llevado una botella de tinto en Navidad, me dijo. La verdad es que somos una generación de ingratos. El personal me comentó que es una paciente que progresa favorablemente y que tiene una voluntad a prueba de fuego. Al dejarle unos chocolates, le pedí que por favor no los comiera todos a la vez para que el ejercicio de gimnasio que Usted me copia no le sea vano y mantenga la línea. “Lo importante es recuperarse para este verano y poder ponerse el bikini”, añadí. Se me echó a reír.

Anuncios