Posiblemente nos encontremos ante un cambio en materia de responsabilidad de las agencias de calificación, atrapadas por la asombrosa realidad sobre su forma de funcionar. Ayer Standard & Poor’s (S&P) ha sido condenada por la justicia australiana por haber atribuido notas erróneas que motivaron operaciones equivocadas y causaron daños importantes a los inversores. Era hora. Ya en abril de 2011, el Senado americano publicó un informe en el que destaca que S&P y su rival Moody’s no han invertido lo suficiente en distintos programas informáticos de medida y cálculo de riesgo de crédito, que de manera crónica carecen de recursos humanos y que se encuentran en situación patente de conflicto de intereses. Pero sobretodo, que los analistas de estas agencias no creen ellos mismos en las notas que emiten. Una patada que recuerda hoy en el diario suizo Le Temps el economista Norbert Gaillard. Así las cosas, mientras estas agencias acusan a los Estados de no acometer reformas a tiempo, ellas mismas están operando con atraso tecnológico, sin anticipar sus propias necesidades. Es la patética realidad del capitalismo, sistema que en su estado puro queda en manos de mentes inmaduras. Esta mediocridad está alimentando una crisis sobredimensionada y quienes pagan su coste son los ciudadanos, especialmente los más pobres, que son los que las empresas despiden sin que los gobiernos neoliberales (como el de Mariano Rajoy o el de Artur Mas) se preocupen mínimamente de ello. En España, las administraciones del PP y de CiU, viciadas por una ideología de rigor que lastra aún más el día a día de la gente, están favoreciendo a ciegas los mismos errores que comenten estas agencias: reducir personal, aunque el resultado sea malo y las repercusiones catastróficas. Con cáncer en el pulmón y metástasis en la garganta, el ganado idiota todavía fuma tabaco para sentir la libertad de los vaqueros que en el anuncio cabalgaban en el Gran cañón.

Anuncios