“El Estado nos estafa”, “la culpa la tiene el Estado”, “el Estado se vaya a la m…” ¿Cuántas veces al día se pronuncian frases demoledoras de este tipo? De pequeño estudié en Suiza una asignatura que se llamaba “Educación cívica”: los profesores nos hablaban de la importancia de las instituciones, su papel en la sociedad y el respeto que había que demostrar ante lo público. Con esquemas simples, nos explicaban el funcionamiento básico del país a través de sus distintos órganos y niveles de descentralización. Saliendo de la lección, en nuestras cabezas navegaban alegres las flores de la conciencia ciudadana. Así es como Suiza lleva años preparando a las distintas generaciones para que lleguen a la mayoría de edad con ética, principios democráticos y espíritu institucional.

Esto desembarcaría en España años después, en 2006, bajo el nombre de “Educación para la ciudadanía” y de la mano de un tal Zapatero. Respondimos a la recomendación del Consejo de Europa de promover en todo el continente una sociedad tolerante y justa, defensora de la libertad, del pluralismo, de los derechos humanos y del Estado de Derecho.

Asignaturas de este tipo son potentes herramientas de prevención de la desafección política. A largo plazo, dan resultados considerables.

Nada más llegar al gobierno, el PP se cargó esa asignatura, justo cuando la sociedad, descolocada por la dureza de la situación económica, padece una grave crisis de valores y necesita que sus futuras generaciones estén más que nunca preparadas para evitar que las peores etapas de la Historia se repitan. No olvidemos que al inicio del siglo XX se montaron sistemas totalitarios con el asentimiento de pueblos decepcionados. Hoy, la gente desconfía cada día más de las instituciones, precisamente cuando hacen falta nuevas energías sanas para entrar en ellas y mejorarlas desde dentro. Hay gente que pone a parir al Estado, sin darse cuenta que a todos nos corresponde hacer lo posible para cambiar el sistema allí donde es imperfecto, porque el Estado somos todos, el Estado somos nosotros. De hecho, así se llamaba mi libro de Educación cívica: “El Estado somos nosotros”.

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