Margaret Thatcher y yo tenemos un punto en común: un clásico de los bolígrafos de plástico, que uso a diario y con el que aparece esta mujer en una foto de archivo publicada hoy en el periódico. Y esta es la única cosa que compartimos. La etapa que protagonizó Doña Thatcher entre 1979 y 1990 al mando de una Gran Bretaña enloquecida de ultraliberalismo obliga a reconocer el valor de un carácter tenaz. Pero a esta observación le acompañan otras, menos brillantes: el incremento de la desigualdad social y de la pobreza, el estado de abandono de las infraestructuras, el retroceso en educación, la declaración de guerra a los sindicatos, la insensibilidad humana más total y la exageración militar, entre cantidad de ejemplos de nefasta gestión. Su enfermiza adicción a las teorías de Friedrich Hayek la llevaron a poner en práctica un extremismo ideológico egoísta que hoy sigue teniendo adeptos a pesar de su demostrada ineficacia. Es curioso que Thatcher muera justo mientras sus políticas de brutal austeridad están matando a toda Europa. Y acabaré por lo mejorcito, recordando esa peculiar amistad que la unía con otro asqueroso mundial como pudo ser el dictador chileno Augusto Pinochet, del que probablemente se acabe confirmando que efectivamente mandó matar hasta al poeta Pablo Neruda. Por todo ello, señora, le deseamos con sinceridad que descanse en la misma paz que Ud. aportó a la humanidad.

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