Quiero hablaros del tomate. Del fruto comestible, claro está, ese que deja en las manos un aroma único al manipularlo y separarlo de la rama. Y es que estamos en plena época anual de su éxito gastronómico en ensaladas, como la caprese, donde se asocia con maestría a una mozzarella, hojas de albahaca y aceite de oliva. Durante años desprecié este alimento, al considerarlo demasiado corrientito. De niño, la salsa de tomate me parecía ser la forma con la que mi madre se ahorraba, de vez en cuando, el esfuerzo de preparar una comida elaborada. Desde entonces he cambiado de opinión. A veces, especialmente el domingo a última hora de la mañana, caminando por mi calle en Lausanne, me alegra detectar un aroma de salsa de tomate saliendo del interior de una vivienda con ventanas abiertas. A la vez que alguna palabra en italiano, ya poco frecuente hoy por hoy. Incluso me ha ocurrido frenar el paso para aprovechar el momento. Parecerá una bobada, pero me recuerda la cocina de mi madre y el ambiente familiar de años atrás, cuando comíamos los cuatro en la cocina o el balcón. Por eso será que últimamente resulte todo un placer volver a encontrarme ante un plato de pasta con salsa de tomate, cuando me lo sirven o incluso cuando, al estar solo en casa, lo preparo yo mismo y me invito a disfrutar de la sencillez.

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