De costumbre se dice que “el fin justifica los medios”. Podríamos pensar que la invasión militar de Crimea a golpe de soldados rusos disfrazados de grupos locales de autoprotección y la amenaza (por no decir declaración) de guerra que supone sean los medios para garantizar un fin: la seguridad de la población amiga prorrusa residente en Crimea. En realidad son los medios para mantener el control sobre las bases que la marina rusa alquila a Ucrania en esa región y que el nuevo poder en Kiev podría dejar de autorizar. Y si profundizamos solamente un poco vemos que este fin se convierte a su vez en medio para otro fin: preservar su acceso militar por vía marítima al Mediterráneo (léase poder hacer la guerra a Europa también desde el Sur y el Oeste).

En definitiva, se hace la guerra para en su caso poder hacer más guerra. El fin se confunde con los medios, y viceversa. Sería tan descabezada la hipótesis de una Rusia declarando la guerra a Europa (sellaría su suicidio y el del planeta, por escalada atómica), que la sensatez sugiere calmarse y retirar esas tropas de Crimea, cuyas bases ya no tienen la utilidad estratégica del siglo pasado.

Historia de una región

La península de Crimea ha sido territorio ruso a partir de 1783, cuando el zar derrotó a los tártaros, pertenecientes al Imperio Otomano. Tras la revolución rusa de 1917 con la que se creó la Unión Soviética, Crimea se convirtió primero en república autónoma y luego fue integrada a Ucrania, siempre dentro de la URSS. En 1991, cae el gigante soviético y Rusia pierde Ucrania. Moscú sella entonces acuerdos con Kiev para alquilar bases navales en Crimea y mantener sus buques de guerra en los puertos clave del Mar Negro, empezando por Sebastopol.

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