Nada otorga al príncipe más estima que los grandes retos. Lo decía Nicolás Maquiavelo en su tratado El Príncipe. En esta obra de los años 1500, el célebre funcionario del Renacimiento italiano explicó a Lorenzo II de Médici lo útil que es para el gobernante el hecho de identificar un importante adversario exterior para desviar la atención general de los meros asuntos interiores. Se fijó en el ejemplo del rey Fernando de Aragón, que sucesivamente atacó Granada, África, Italia y Francia, manteniendo así ocupadas las mentes de la corte de Castilla. Era tal el espectáculo y la tensión que jamás los súbditos pudieron conspirar tranquilamente contra el rey.

Artur Mas es el nuevo Fernando de Aragón. Estabilizando el enfoque sobre el Estado español como adversario exterior de los catalanes, apuntaló desde el año 2010 su estrategia más allá de lo que supondría una efímera batalla contra un partido estatal que puede ser relevado de La Moncloa cada cuatro años.

Es tal el acierto estratégico de Artur Mas que lleva en el poder dos mandatos y opta al tercero sin ser mínimamente molestado por las deficiencias de Cataluña. La comunidad autónoma ha pasado de estar en el quinto lugar en 2009 al antepenúltimo en 2015 en relación a la calidad de sus servicios sanitarios. El deterioro de la sanidad catalana, al igual que los problemas de su educación pública en un modelo universal, la necesaria evolución de la formación profesional o lo urgente que es crear en Cataluña un fondo para ayudar a reestructurar las hipotecas son muy pocos ejemplos de expedientes estancados que se escurren de la agenda política. De forma general, los recortes propiciados por Convergència y ERC (ahora fundidos en la candidatura “Junts pel sì”), ocupan un espacio mínimo en los medios de comunicación. En otras comunidades formarían parte del menú diario, contribuyendo así al debate público en el que se visualizaría la confrontación de opciones alternativas de cara a su resolución.

De esta situación son conscientes y por tanto socios responsables los medios de comunicación, que Maquiavelo estaría encantado de añadir, en su manual del gobernante, al lado de los súbditos distraídos.

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