El voto rogado lleva dos legislaturas mermando los derechos democráticos más básicos de 2 millones de españoles en el exterior. Si bien el PSOE es uno de los partidos que estuvieron en el origen de este error junto al PP, CiU y el PNV, hay que reconocer al Partido Socialista la capacidad de fuerte autocrítica que desarrolló desde entonces y los intentos parlamentarios para arreglar el fallo. También es de relieve que, al contrario del PP, este tema haya provocado en su día una tremenda y verdadera fractura en las filas socialistas, de la que puedo dar fe en primera persona.

Nadie nos quitará al PSOE Europa (la federación exterior, de la que he sido portavoz del 2004 al 2012) la primicia y valentía de nuestra batalla en contra del voto rogado. Cuando estábamos en lo más alto de nuestro recorrido político promocionando nuestra propuesta estrella 2008 de crear circunscripciones propias para los españoles en el exterior, en abril de 2010 nos encontramos cara a cara con un vendaval que se lo llevaría todo por delante: la voluntad de generalizar el voto rogado, que los mayores fontaneros de los partidos pensaron ser la solución a los fallos del voto exterior. Sabíamos que se trataba de un tremendo error. Sabíamos que no podríamos hacer cambiar de idea a esos dirigentes (el nuestro cortó relaciones con nosotros). Así que tras intentarlo en pasillos durante dos meses, en una reunión de crisis en Bruselas en junio de 2010 decidimos que el PSOE Europa se lanzaría en público en contra de Ferraz, del PP, de CiU y del PNV. La militancia nos apoyó en un esquema de David contra Goliat, que gradualmente pasó a ser una confrontación en la que nuestro léxico se endureció al extremo: sin sorpresas no hubo forma de torcerle el brazo a la dirección federal, que posteriormente nos la tuvo jurada hasta el final. Vencieron pero no convencieron.

En esa lucha en contra del voto rogado, mi exposición pública ha sido máxima, como portavoz. Recuerdo como compañeros de las agrupaciones locales me defendían ante las eminencias grises federales que apuntaban el dedo hacia mí. Sufrí un desgaste personal brutal, un bajón emocional que no tenía que visibilizarse. Me abrasé políticamente pero me llena de orgullo la conciencia que tuvimos en el PSOE Europa de que había que defender los derechos democráticos de la ciudadanía y colocarlos por delante de los intereses del partido. En los medios de comunicación, hemos sido la voz más fuerte. Se unieron a nosotros la FSA-PSOE, el PSdeG y las agrupaciones de América. La historia nos ha dado la razón y Zapatero, que no se había mojado en este tema, reconoció el fallo al despedirse de la Secretaría General y agradeció la valentía de los compañeros del exterior.

Gente como el ministro Margallo nos reprocha hoy a los socialistas estar en la génesis del voto rogado. Tiene parte de razón y lo reconocemos con la debida honestidad intelectual: hemos cometido un error, junto a ellos. Pero hemos intentado arreglarlo y el PP, con mayoría absoluta, nos bloqueó a lo largo de toda la anterior legislatura. Después de las generales 2015, en esta breve XI Legislatura, nuestro grupo parlamentario ha vuelto a tratarlo, sin éxito. ¿Qué decir del PP, que pudiendo solucionar el problema se quedó tran tranquilo fumando un puro?

Algunos incluso se atreven a criticar al PSOE Europa y sus agrupaciones por el tema del voto rogado cuando hemos sido los primeros y principales detractores de la pésima idea. Lo hemos hecho desde dentro, con la dificultad añadida de ser el partido que sustentaba al gobierno. No teníamos diputados ni senadores propios para romper disciplina y votar en contra. Pero al final, logramos lo que nadie hizo: un giro a 360° del primer grupo parlamentario de la oposición.

¿Qué ha hecho Margallo en todo este tiempo? Se ha ido a casa cada noche apagando la luz de su despacho para dormir tranquilo, mientras el principal colectivo de su cartera estaba siendo afectado en su derecho más básico: el derecho a voto. Una vergüenza. Esa es la gente que tenemos que sacar del gobierno, rogando el voto una última vez.

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