El mensaje del electorado este 26-J es mucho más claro de lo que nos cuentan. Un breve análisis comparativo del trasvase de votantes ofrece claves de lectura nítidas.

Volvamos al 2015. Los escándalos de corrupción que salpican al PP vuelan por los aires su mayoría absoluta y conducen a una alternancia hacia la izquierda. Pero el electorado sigue azotado por la crisis que apareció durante la última etapa del PSOE: la mayoría ha entendido que el Partido Socialista no ha sido culpable del terremoto financiero mundial, pero entre los progresistas todavía no han cicatrizado las heridas de una época en la que el PSOE tuvo que asumir la responsabilidad de las medidas exigidas. Así que el 20-D los votantes confirman al PSOE en el liderazgo de la izquierda e introducen matices al repartir parte de la tarta a Podemos. También implantan complejidad: la mayoría social de izquierda no se traduce en escaños y hacen falta acuerdos inteligentes que superen los bloques. El PSOE obtiene 5.530.693 votos (22,01%, 90 escaños), Podemos saca 5.189.333 votos (20,66%, 69 escaños), IU alcanza 923.105 votos (3,67%, 2 escaños). Juntos, los tres de izquierda suman 11.643.131 votos (46,34%, 161 escaños). A la derecha, el PP tiene 7.215.530 votos (28,72%, 123 escaños) y C’s logra 3.500.446 votos (13,93%, 40 escaños), sumando en bloque 10.715.976 votos (42,65%, 163 escaños).

Si nos fijamos en las fuerzas estatales, esta situación es comparable a la del 2008: tras la 1a legislatura brillante de Zapatero, con una izquierda movilizada (de sus electores, salen de casa un millón más de los que lo harán en 2015), el PSOE consigue 11.289.335 votos (43,87%, 169 escaños) e IU registra 969.946 votos (3,77%, 2 escaños). El bloque progresista suma así 12.259.281 votos (47,64%, 171 escaños) mientras a la derecha el PP tiene 10.278.010 (39,94%, 154 escaños).

Pero en 2015, para alcanzar los 176 escaños de la mayoría absoluta, al PSOE ya no le bastan los apoyos de pequeños partidos (que además se han radicalizado). Matemáticamente, tampoco le valen únicamente los de Podemos (90 + 69 = 159) si C’s queda en la oposición (PP + C’s = 123 + 40 = 169). Por eso Sánchez busca precisamente ese acuerdo más amplio que integre a C’s (90 + 69 + 40 = 199) y brinde estabilidad. La estrategia fracasa al negarse el líder de Podemos a sentarse a negociar tal coalición. El PSOE firma un pacto con C’s (90 + 40 = 130) que le permite superar al PP e ir a la sesión de investidura en la que Podemos tenga que posicionarse por un gobierno liderado por el PSOE o mantener a un gobierno del PP. En la votación del 4 de marzo de 2016 (en la que también cabía la abstención de Podemos), el partido de Pablo Manuel Iglesias opta por el “no” y sentencia el aborto del gobierno progresista. Con su negativa y la del PP, hay una mayoría de “noes” que fuerzan la convocatoria de nuevas elecciones.

¿Qué pasa en ese momento? Una franja importante del electorado del PSOE desmovilizado desde el inicio de la crisis había votado el 20-D a Podemos para aportar aire fresco a un futuro gobierno progresista. El aborto del pacto de izquierdas decepciona a esta franja, que se queda en casa el 26-J. Es el millón de votos que pierde ahora la confluencia Unidos Podemos, castigada por un posicionamiento dogmático incompatible con la inteligencia exigida por las urnas en 2015. El PSOE también pierde unos 100.000 votos (apenas representa un 10% de la caída de la alianza Podemos-IU): son parte del electorado volátil que se fija prioritariamente en las opciones de gobierno estable y que va del PSOE al PP al comprobarse el bloqueo por Podemos del gobierno progresista. La suma de estos fenómenos favorece desde anoche una nueva alternancia, a favor de la derecha.

Así las cosas, este 26-J 2016, el PSOE logra 5.424.709 votos (22,66%, 85 escaños), Podemos e IU se alían pero pierden más de un millón de votos quedando en 5.049.734 (21,10%, 71 escaños). El bloque de izquierda se desploma a un total de 10.474.443 votos (43,76%, 156 escaños). El PP sube a 7.906.185 votos (33,03%, 137 escaños), C’s baja a 3.123.769 votos (13,05%, 32 escaños), sumando en bloque la nueva hegemonía de 11.029.954 votos (46,08%, 169 escaños). De la mano de Podemos, la izquierda pierde su mayoría social.

En medio de este castigo de la formación morada, también hay fallos en el PSOE, pero con el desarrollo que acabamos de comprobar, cabe buscarlos más allá de los últimos meses, en los que la matemática ha marcado la estrategia. Probablemente uno de los grandes errores fraguó ya en el Congreso de Sevilla, en 2012, cuando la renovación de fondo y formas del Partido Socialista quedó superada por una opción continuista, que no se ajustaba a la demanda de cambio de la ciudadanía progresista. Ese episodio favoreció el auge de Podemos. De no haberse producido la creación de un nuevo partido que fragmentó la izquierda, el PSOE habría ganado las elecciones 2015 y hoy tendríamos un gobierno progresista, probablemente imperfecto, pero ciertamente mejor que el nuevo mandato del PP en La Moncloa.

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