La reelección de Jeremy Corbyn al frente del Labour británico ha sido acompañada en los medios por la división que afronta en su grupo parlamentario, donde 174 de sus 230 diputados lo han desafiado hace tres meses. Los díscolos, herederos del social liberalismo de Blair, consideran que el discurso de Corbyn no es adecuado para captar a ese electorado que se sitúa en el centro y que es indispensable para conformar una mayoría de gobierno laborista.

Pero lo que nos interesa aquí es un dato que la prensa ha evocado de puntillas: en un año, Corbyn ha triplicado el número de militantes, llevándolo a 540.000. Esta información ha sido tratada como secundaria, a pesar de ser apta para dejar pálidos a los líderes de los demás partidos británicos, que ni juntándose todos alcanzan tal impresionante cifra de medio millón de agentes electorales.

Así las cosas, Corbyn estaría dotando al Labour Party de ese músculo que necesitará para afrontar con fuerza la campaña de las elecciones generales de 2020. Y cabe la posibilidad que la oposición interna de su establishment parlamentario esté fomentando a su pesar el éxito del líder en esa primera etapa de reforzamiento de las bases del Labour. Con su propia disconformidad, el ala liberal potencia la credibilidad y autenticidad del posicionamiento de Corbyn a la izquierda.

Una vez formado con antelación y engrasado su ejército de militantes, el Labour podrá dedicarse a medida que se acerquen los comicios a lo más tristemente efímero (ya que apela a la memoria del electorado): el discurso, que tendrá que abrir, sin desvirtuarlo. Para saber si esta hipótesis coincide efectivamente con una hoja de ruta, sólo cabe esperar y observar, ya que toda buena estrategia se aplica y no se cuenta.

Anuncios