Anoche me dio por hacer pan. Es la primera vez en la vida. Busco en internet una receta original y encuentro una con aceite de nuez. Me llama la atención este último ingrediente, ya que tengo un frasco que me regalaron y que no estoy utilizando. Así pues, al tener todas las cosas necesarias, sin más demora me arremango.

Toca amasar ese montón, que tiene la misma poca gracia que un enorme elástico pegajoso: bien vale para una asquerosa peli de monstruos. Empiezo a amasar. Amaso más. No es fácil. De hecho nunca acaba. ¡Uff, que calor! Es como ir al gimnasio. Me acuerdo de mi madre, que a base de tal ejercicio casero siempre mantiene la forma que antaño nos desaconsejaba plantarle cara. Me acuerdo del pan que hacía cuando éramos niños, lo rico que era y los desayunos que disfrutábamos con esa delicia. Imagino que el mío será igualmente sabroso, aunque esta receta diga de hornearlo en un molde.

La masa sube tanto que alcanza para dos moldes grandes y dos pequeños. Es verdad que es una receta familiar, pero una vez enfriado, guardaré gran parte en el congelador y mi elevado consumo de pan apreciará el producto en cosa de pocos días. Es difícil resisitir a la tentación de probarlo nada más salido del horno.

Esta mañana, despierto en mi piso que todavía huele a pan y la sensación me es agradable. Preparo la mesa con ilusión. Saco un tarro de mi mermelada casera de albaricoque. Saco otro tarro de miel que compro cada año en mi tierra de Zamora y que se combina maravillosamente con la mantequilla suiza. Un vaso de zumo de melocotón y adelante. Puede empezar la ceremonia. Corto el pan. Tiene un aspecto estupendo. Pienso con orgullo infantil que tocará enseñárselo a mis padres. La textura es esponjosa, parece increíble que lo haya hecho yo. Unto la mantequilla, le paso una capa de mermelada y… “¡Para, para!”, pienso. Antes, hay que probarlo sin nada. Empieza pues la cata. Y de repente, me cambia la cara radicalmente. Se me olvidó la sal.

Anuncios