Uno de los recuerdos de infancia más presentes que tengo en este momento del año son los viajes en coche que hacíamos de Suiza a Zamora con motivo de las vacaciones de verano. En nuestra alejada comarca rural, el vehículo sigue siendo hoy por hoy indispensable. Y en aquella época de los ochenta, el avión más el alquiler de un automóvil durante 4 semanas era una locura que la economía familiar no podía permitirse. Así que el viaje duraba unas 17 horas que se hacían eternas, a pesar de lo bien que corría el Alfa Romeo rojo de mi padre. Los últimos años antes de cambiarnos a la solución más cómoda del avión y del coche en España, pasábamos por Euskadi. Pero de toda la vida el trayecto se hizo por Cataluña y Aragón, donde nos tocaba cruzar el desierto en plena tarde y sin aire acondicionado. Sin tabletas ni otros sistemas con los que hoy los chavales matan las horas, nosotros pasábamos el tiempo cantando, jugando, comiendo algún helado y sobretodo destrozando la paciencia de mis padres a base de preguntas y quejas. Hasta que llegaba la entrada en España y el momento de buscar los toros, los de Osborne (producto que por entonces ni conocíamos: para nosotros eran los toros y punto, como si los hubiera colocado el Estado para caracterizar sus carreteras). Ese era el método que tenían papá y mamá para gozar de una tregua mientras nos concentrábamos examinando el paisaje para dar con esa forma negra gigante que reinaba majestuosa en los altos y montes de la ruta. Íbamos contando los toros y era un reto detectar la siguiente valla. Recuerdo la imagen de mi hermanito, todavía con ese pelo rubio ondulado que tenía de niño, estirando el cuello y levantando la barbilla para echar la vista por la ventanilla del coche. Algún año más tarde, al sacar mi padre una botella del famoso brandy, me percaté de la presencia de ese mismo toro y le comenté a mi madre “mira, el toro de España”. Y ella asintió, con esa generosidad que caracteriza a los padres frente a la inocencia de los hijos: “es verdad, han puesto uno pequeñito”. El toro de Osborne cumple 60 años. Nunca he sido consumidor de la marca, pero le debo (así como al artista Manolo Prieto que creó la figura) el recuerdo imborrable de una época en la que todo era posible, cuando empezó a forjarse la pasión por estas tierras para nosotros lejanas y cuando la aventura no había hecho más que empezar.

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