En Zamora hay pueblos donde no ha vuelto a aparecer un médico en el consultorio desde el mes de marzo, y estamos ya en noviembre. Esto ocurre, entre otras razones, a causa de la incapacidad de la Junta de Castilla y León para garantizar una limpieza y desinfección de las instalaciones médicas rurales entre dos consultas.

Mientras tanto, se producen testimonios desgarradores de personal médico de hospitales casi nuevamente saturados como el Virgen de la Concha, que cuentan como hay jóvenes que pasan de aplicar el comportamiento y los gestos que evitan la propagación. Sabemos que esto ocurre, sabemos que se siguen realizando fiestas ilegales que brillan por la absoluta irresponsabilidad de sus organizadores y participantes. La actitud ejemplar de la mayoría es digna de admiración, pero queda fuertemente erosionada por el nefasto impacto que pueden generar unos cuantos inmaduros.

Nuestros padres y abuelos vivieron guerras y bombardeos. Tenían que ir a buscar agua a la fuente, a pesar de producirse tiroteos en el monte de al lado. El contraste es total con la actual generación, incapaz de gestos tan sencillos como taparse la cara incluyendo la nariz cuando entran a pedir a un bar, cuando entran a comprar a una tienda o se suben al tren. Incapaz de desinfectarse las manos al entrar a la taberna, o que todavía escupen al suelo en la plaza. Hemos visto este verano como se volvían a llenar establecimientos de hostelería de clientes irrespetuosos de las medidas, y por tanto irrespetuosos de los demás, incluso de los suyos al volver a casa pudiendo arrastrar una dosis de pandemia de forma asintomática. Se han multiplicado reuniones familiares en casas, celebradas dentro de la traicionera ceguera que induce la natural confianza hacia los seres queridos. Se han dado palmadas, abrazos, incluso besos, que tanto necesitamos como seres sociables pero que ahora multiplican el daño.

El coronavirus es una peste invisible, que convendría considerar como un gas sin olor e indetectable, que flota permanentemente en el aire, que es letal, y que debe mantenernos a todos y en todo momento con las precauciones activas e interiorizadas.

En toda Europa se vuelven a cerrar comercios y establecimentos, después de ver que medidas leves de limitación de horarios y aforos o confinamientos perimetrales no han sido suficientes frente a una población difícil de disciplinar dentro de nuestros regímenes de libertad. Esto genera problemas obvios para los dueños de estas actividades, que habitualmente se desarrollan con prosperidad y sencillez, pero cuyo modelo comercial está extremadamente expuesto a una situación como la actual. Los medios nos recuerdan cada día (probablemente con exceso) las dificultades de ese sector, uno entre muchos. Esta pandemia es inédita y ha sorprendido a todo el mundo, pero podría volver a producirse en el futuro. Ello obliga a planterase reflexiones sobre la viabilidad de una proporción tan fuerte del sector hotelero en la economía de nuestro país, que queda duramente afectada cuando tantas familias tienen volcado su destino en actividades de este tipo. Necesitamos diversificar.

Pero de inmediato, necesitamos colaborar todos. La juventud debe asumir que, como nuestros padres y abuelos en situación de guerra, hoy no hay espacio para la fiesta. Si no somos capaces como sociedad de disciplinarnos todos, asumiendo cada uno nuestra parte de responsabilidad y aplicándola a rajatabla, la situación va a dilatarse en el tiempo y producir más dolor y cansancio. Un tiempo que nuestros padres y abuelos en los pueblos no van a poder aguantar sin acceso al seguimiento médico que exige su edad y al que tienen derecho, como lo tendrá en su momento la actual juventud a la que se pide su ayuda.


Imagen de ilustración: infografía de El País sobre la propagación del coronavirus por aerosoles en un bar.