“Empiezaaaa”, nos gritaban nuestros padres desde el salón cuando arrancaban esos programas de televisión que tanto nos gustaba compartir en familia. Entonces, en aquellos años ochenta y noventa, en nuestro hogar italo-español en Suiza no llegaba TVE o empezó haciéndolo con una programación internacional residual. Así que al lado de la oferta suiza y de la influencia de los canales franceses en nuestra región francófona, crecimos viendo los programas de la RAI, la radiotelevisión pública italiana, muy probablemente una de las mejores del mundo. La semana se hacían los deberes, se salía a jugar o se acudía al deporte, se volvía para la cena y luego se iba pronto a dormir. Pero llegado el viernes, teníamos derecho al programa de ciencia Quark de Piero Angela y a la película de la semana. El sábado, era noche de grandes programas de variedad y entretenimiento, que conducían presentadores de enorme corte profesional como Fabrizio Frizzi, Raffaella Carrà o Giancarlo Magalli, entre otros.

A sus programas, que aglutinaban millones de persones en directo, conseguían sin esfuerzo invitar a los artistas más populares del momento, incluso de la escena internacional. Pero en definitiva ellos mismos eran artistas e integrantes plenos del mundo de la cultura. Al mismo tiempo, formaban parte de la familia. Han hecho televisión desde la amabilidad, la sonrisa, la sinceridad, el respeto y la elegancia, en busca de la felicidad del público. Han sabido unir a generaciones y clases sociales.

Era la edad de oro de la televisión, la bella televisión, la televisión de calidad. Entonces, la tele unía en vez de dividir, la audiencia se recababa ofreciendo cultura, conocimiento, a la vez que sensibilizando de forma desenfadada a nuevas temáticas importantes como la pertenencia a Europa. Luego llegó internet, que aportó innumerables avances, pero que fragmentó los recursos y aceleró la descomposición de la bella oferta. Las parrillas se han multiplicado y han sido colonizadas por el escándalo, la vulgaridad y la mentira. Han ido compitiendo por audiencias raquíticas con herramientas situadas a las antípodas de las que hace unos años, en un paradigma todavía dominado por un audiovisual público fuerte, sabían dar a los espectadores lo mejor de sí mismas.

Muchos hogares italianos están de luto al cerrarse el telón sobre la vida de “la Carrà”. Con su arte a la vanguardia, su sensibilidad y su generosidad, ha unido mis dos países de origen, Italia y España. Deja un legado de tolerancia y bondad, que propagó desde su posición pública y que debería servir de ejemplo a quienes hoy se alimentan del individualismo, del corto plazo, del simplismo y de ese odio visceral capaz incluso de matar.

La muerte inesperada de Raffaella Carrà ha sido un golpe. De la misma manera lo fue la de Fabrizio Frizzi hace tres años: el eterno chaval sonriente era uno más de la familia para cantidad de hogares italianos y ha sido despedido en 2018 con enorme tristeza por las masas en las calles, ilustración de lo mucho que se le quería. A los niños que no soñábamos con ser astronautas, estos referentes que lo hacían bien nos daban ganas de hacer televisión, buena televisión. Porque más allá del objetivo estéril de “salir por la tele” o “ser conocido” que se ha puesto de moda hoy en día, hacer televisión, buena televisión, y hacer feliz a la gente, es todo un arte. Como dijo Carrà en el último adiós a Frizzi, con la desaparición de estos grandes nombres de la pantalla, se está apagando poco a poco un estilo de televisión, elegante, afectuosa y sin gritos.

Fabrizio Frizzi, RAI