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Semáforo abierto para Marco Ferrara

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INTERNACIONAL

Cambiar los parámetros de nuestro mundo

¿Cómo va a costar un paraguas 7 euros? Por mucha fabricación en cadena que esté detrás, algo así no puede valer tan poco. Y sin embargo, ese día en los distintos puestos del mercadillo comarcal, no había más que esa clase de paraguas. Variaban los colores y patrones, pero todos los ejemplares eran igual de ligeros, de idéntico acabado y con ese fuerte olor a sustancias químicas. De todos colgaban etiquetas casi idénticas, con logotipos perfectamente desconocidos (a los que unía la pobreza de su diseño gráfico) y la mención made in China. La única alternativa para comprar paraguas en esa localidad zamorana era el almacén chino en el que, como era de esperar, proponían modelos con las mismas etiquetas que los del mercadillo. No había otra variedad, no había otra calidad.

El último paraguas que he comprado costó 40 a 45 euros. No olía mal y resistía al viento (algo que no está de más en una herramienta para afrontar la intemperie), por eso duró años. Sin embargo la multiplicación por 7 del precio de venta no se justificaba únicamente por mejores materiales y acabado. El paraguas bueno lo había fabricado un taller de Suiza, cuyos operarios cobran un sueldo medio 6 veces superior al del obrero chino (de momento).

El ejemplo del paraguas es uno entre muchos, que todos hemos podido experimentar. El modelo fabricado en Suiza podía haberlo sido en Alemania, en Italia o en España. Y el modelo chino ha llegado al mercadillo español porque nosotros lo hemos pedido a los productores chinos.

Al consumidor europeo le conviene comprar el paraguas de alta calidad vendido a su justo precio: aunque parezca más caro, no lo es, ya que el producto le va a durar años en vez de semanas, comprará un ejemplar en vez de sustituir varios, apoyará a la producción local de paraguas, cuyos empleados seguirán teniendo trabajo y podrán permitirse ser consumidores de calzado local vendido a su justo precio, juguetes locales vendidos a su justo precio, electrónica local vendida a su justo precio, etc.

Sin embargo las cosas no son así. En el mercadillo como en la tienda, cuando aparecieron los paraguas a 7 euros, los consumidores nos decantamos por ellos de forma poco racional y los comerciantes dejaron de ofertar los paraguas a 20, 30, 40 euros. Las fábricas que los hacían a pocos kilómetros de allí dejaron de producirlos, tuvieron que cerrar y los obreros fueron despedidos ya que, a estas alturas, los únicos paraguas que quería el consumidor eran los baratos de China, que además últimamente se podían pedir por Internet y te los traía cómodamente a casa un repartidor con la furgoneta blanca que se ha comprado él mismo tras ser despedido del taller local de calzado, que cerró.

Lo mismo pasó con los talleres de juguetes. Pasó con la fábrica de televisores y hasta con la cadena de montaje de maquinaria agrícola, que antes estaba en el país vecino y ahora produce al otro lado del mundo.

Esto pasó. Esto es lo que nos pasó. Esto es lo que hemos decidido que nos pasara, cuando hemos empezado a elegir el paraguas de 7 euros creyendo equivocadamente que así ahorraríamos para ser más ricos, para comprarnos un coche de más alta gama, sin darnos cuenta que seríamos la última generación en hacerlo.

Lo mismo pasó con el material médico, desde aparatos con mecanismo hasta productos de baja tecnología como las famosas mascarillas y el mismo desinfectante, que hemos dejado de fabricar en Europa por creer que resultaban más baratas si se hacían en China… hasta la factura que se nos presenta ahora: decenas de miles de muertos por el COVID-19, toda una generación sacrificada en numerosas familias, empleos destrozados hasta en oficinas que nada tienen que ver con la fabricación de paraguas, obligación de limitar nuestra propia libertad.

Desde los años 1990, en algunas regiones más que en otras, hemos optado por soluciones fáciles, comprando discursos que nos pintaron como ricos capaces de comprar de todo y mucho, aparentemente atractivos para nuestra proyección a corto plazo.

Hemos dejado que la sanidad se recortara, se privatizara, se convirtiera en negocio sujeto a criterios de rentabilidad económica.

Hemos optado por jugar a la videoconsola y hacernos selfies en vez de cuidar de nuestros abuelos, que hemos olvidado en manos de residencias adscritas a ese sistema sanitario en declive.

Hemos caído en la tentación de los autobuses baratos y dejado el tren a su suerte: en los pueblos, el señor de la ventanilla de la estación ha sido sustituido por una máquina que los abuelos no entienden. En otros casos han cerrado la estación o quitado la línea, que funcionaba todo el año y no se quedaba bloqueada por la nieve que pueda caer en invierno.

Muchos actores han alertado durante años de las consecuencias de la degradación de los servicios públicos, pero eso no ha sido suficiente para hacer recapacitar algunas voces políticas ni sus etapas gubernamentales. De la misma manera, hoy se avisa de la urgente necesidad de transición ecológica y esas mismas voces se ríen nuevamente.

Tendremos que cambiar los parámetros de nuestro funcionamiento en sociedad, en todo el mundo. Habrá que aprender que no hay economía sin salud, derechos sociales y servicios públicos. Necesitaremos resituar la vida humana y el medio ambiente al centro de las prioridades, reconsiderar el valor de la solidaridad como esencia fundamental de la Humanidad. Habrá que ajustar la globalización, por ejemplo redimensionándola a escala de regiones mundiales: para preservar el empleo doméstico, para garantizar la producción de sectores esenciales, para asegurar las reservas de materiales estratégicos así como de productos de seguridad sanitaria y alimentaria, para seguir pautas medioambientales rigurosas. Habrá que aceptarlo individualmente, olvidarse del paraguas a 7 euros, favorecer –todos y cada uno– los circuitos cortos en nuestras compras, aceptar el cambio de paradigma energético para adoptar fuentes renovables, reducir los desplazamientos motorizados individuales para redescubrir el caminar, la bicicleta y el transporte público. Y luchar por todo ello.

Las observaciones que hacemos ahora no deberán esfumarse cuando los tiempos sean menos difíciles. Y eso, seguramente, será el primer reto.

Falcone, el Estado contra la mafia

Ese día de abril del 2012 había quedado con Carme Chacón en la ciudad italiana de Génova. La habían invitado a los 120 años del Partido Socialista Italiano y ella amablemente me llamó para estar allí con ella. Bajé en coche desde Suiza y llegué con antelación. A poca distancia de la sala de cine en la que se celebraba el acto, entré en un restaurante en el que no había nadie, ya que no era hora.

Tomé asiento en una mesa y mientras me preparaban el plato, me detuve en las fotos que colgaban de las paredes. Tenían varias del juez Giovanni Falcone, que la mafia asesinó hace mañana 25 años con 400 kilos de explosivos que reventaron un tramo de autopista en Capaci al pasar su vehículo. Siempre he tenido una gran admiración por ese señor a raíz de su batalla por el Estado y el país de mi padre: al inaugurar mi blog en 2006, puse una frase suya en mi página de perfil, que llevo 11 años manteniendo publicada.

El camarero se acerca con el plato y le pregunto el motivo de tanta foto de Falcone. Me contesta: “Ud. no es de aquí, ¿verdad? Verá, el juez venía mucho a este restaurante”. Mientras voy cortando la chuleta a la milanesa, le pregunto: “¿Y dónde se sentaba?” A lo cual el hombre contesta: “Aquí mismo donde se ha sentado Ud.”

António Guterres, ese hombre guía de la ventanilla

Sobrevolábamos Lisboa, minutos antes de aterrizar. Apuntando con el dedo a través de la ventanilla del avión, António relataba a sus vecinos de butaca detalles y anécdotas sobre tal puente, tal monumento, tal parte de la capital. Llegado el momento de recoger nuestras cosas y hacer cola para salir del avión, saludé a António, que viajó sentado en la fila que precedía la mía y al que había reconocido al entrar. Le felicité por ir en 2a clase a pesar del cargo que tenía en Ginebra. En un francés perfecto, me contestó exáctamente lo que tenía que contestar: “es lo normal, siendo más barato el billete”. Intercambiamos unas palabras sobre el PSOE. Un amigo nos sacó una foto rápidamente y nos despedimos.

En la terminal, la pareja sueca que en el avión iba sentada al lado de António me preguntó quien era ese señor que le había servido de guía desde la ventanilla. Les contesté: “ese señor sirvió de guía a millones de personas en Portugal. Ha sido primer ministro y se llama António Guterres. Es un socialista”.

Han pasado tres años desde esta bonita anécdota. Hoy ese hombre modesto y afable, António, ha sido elegido nuevo secretario general de la ONU. Que nos sea a todos la mejor guía en estos tiempos revueltos, que necesitan tal figura.

Corbyn, de la división a la multiplicación

La reelección de Jeremy Corbyn al frente del Labour británico ha sido acompañada en los medios por la división que afronta en su grupo parlamentario, donde 174 de sus 230 diputados lo han desafiado hace tres meses. Los díscolos, herederos del social liberalismo de Blair, consideran que el discurso de Corbyn no es adecuado para captar a ese electorado que se sitúa en el centro y que es indispensable para conformar una mayoría de gobierno laborista.

Pero lo que nos interesa aquí es un dato que la prensa ha evocado de puntillas: en un año, Corbyn ha triplicado el número de militantes, llevándolo a 540.000. Esta información ha sido tratada como secundaria, a pesar de ser apta para dejar pálidos a los líderes de los demás partidos británicos, que ni juntándose todos alcanzan tal impresionante cifra de medio millón de agentes electorales.

Así las cosas, Corbyn estaría dotando al Labour Party de ese músculo que necesitará para afrontar con fuerza la campaña de las elecciones generales de 2020. Y cabe la posibilidad que la oposición interna de su establishment parlamentario esté fomentando a su pesar el éxito del líder en esa primera etapa de reforzamiento de las bases del Labour. Con su propia disconformidad, el ala liberal potencia la credibilidad y autenticidad del posicionamiento de Corbyn a la izquierda.

Una vez formado con antelación y engrasado su ejército de militantes, el Labour podrá dedicarse a medida que se acerquen los comicios a lo más tristemente efímero (ya que apela a la memoria del electorado): el discurso, que tendrá que abrir, sin desvirtuarlo. Para saber si esta hipótesis coincide efectivamente con una hoja de ruta, sólo cabe esperar y observar, ya que toda buena estrategia se aplica y no se cuenta.

De cómo el Estado islámico puede derrotar a la UE

Los atentados de Bélgica han vuelto a poner el foco en la eficacia de las políticas de seguridad. Al igual que en París, se ha plasmado la falta de colaboración entre distintas policías en el ámbito nacional y europeo para luchar en contra de un terrorismo que se burla tanto de las fronteras políticas como del reparto administrativo de competencias.

Sometidos a la presión de movimientos nacionalistas y xenófobos que difunden un mensaje simplista configurado para activar la mayor receptividad popular, los gobiernos están respondiendo en caliente con medidas retumbantes pero cortoplacistas: cierre de fronteras y mayor aislamiento, en vez de reforzar la coordinación entre los estados miembros de la Unión europea. En definitiva, estamos construyendo un edificio en el que faltan conexiones entre viviendas y en vez de determinar el motivo del mal funcionamiento del ascensor, colocamos por el exterior del inmueble un ascensor distinto para cada piso. El resultado no responde al problema, pero es fácil de poner en marcha por la élite de cada piso y es visible por los inquilinos.

Posiblemente la respuesta adecuada sería ir en dirección contraria y reforzar la UE en vez de debilitarla. Al ser históricamente y por naturaleza reacios en delegar competencias, los gobiernos han ido creando una UE en la que se solapan instituciones y escasea reactividad. Y ahora profundizan en su error en vez de solventar el problema. Así resume la situación el eurodiputado español José Blanco, poniendo en evidencia las carencias: “Urge crear una inteligencia europea, al igual que urge crear un cuerpo policial europeo y un ejército comunitario: ninguna política de seguridad y de defensa común puede sostenerse seriamente sobre un agregado heterogéneo de cuerpos nacionales. Desafíos supranacionales requieren respuestas supranacionales.

Si tal interés despierta en las élites las cuestiones inmediatas, cabe detenerse un rato y observar que si los países damos marcha atrás en la integración europea, cerramos fronteras interiores y entorpecemos la circulación de las personas, los terroristas habrán conseguido destrozar de cara a la ciudadanía una de las piezas más tangibles del proyecto europeo. En definitiva, la restricción de las libertades en Europa significa hacerle el juego a una organización que las rechaza y las destroza.

Netanyahu insulta a gobiernos occidentales como pisotea Palestina

Benjamín Netanyahu es ese primer ministro israelí que en enero se cuela en la manifestación de París tras los ataques a Charlie Hebdo cuando el presidente de Francia no lo deseaba, que en febrero apela a los judíos europeos a emigrar a Israel tras los ataques en Copenhague (que ya irritó a Manuel Valls cuando dijo lo mismo en París) y que en marzo va a dar un discurso delante del Congreso de Estados Unidos sin acuerdo del gobierno americano y para decir que el presidente Obama lo está haciendo mal.

Primera observación: animando a los judíos europeos a emigrar a Israel por seguridad, viene a decir que los dispositivos de seguridad de los países europeos no son de fiar y sobretodo incrementa las tensiones con Palestina, de la que ya ocupa casi todo el territorio para dar fincas precisamente a los judíos que van a vivir a Israel. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Segunda observación: los desaires de Benjamín Netanyahu a potentes estados europeos y nada menos que al presidente americano son una falta de respeto de tan alto nivel que no dejan muchas dudas sobre su capacidad de pisotear los derechos de los palestinos y del territorio palestino sin la más mínima vergüenza.

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