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Semáforo abierto para Marco Ferrara

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POLÍTICA ESPAÑOLA

Partido político busca secretario/-a general

Un trabajador que busca empleo y plantea su candidatura a ocupar un puesto ofertado conoce la necesidad de corresponder al mayor número de características del perfil deseado. El empleador anhela que la persona que vaya a contratar esté en las mejores disposiciones posibles para ser operativa cuanto antes. En esto, ayuda que la persona ya haya desempeñado funciones similares y pueda exhibir buenos resultados cosechados. Así es como se desarrollan procesos de selección que desembocan en la satisfacción por parte del dador de empleo como de la persona reclutada.

La elección a la Secretaría General del PSOE es un proceso al que se le puede aplicar un procedimiento análogo. El empleador somos los militantes, que en este caso componemos el cuerpo electoral que va a actuar como jurado.

El liderazgo de un partido político requiere de un perfil que responda a numerosas exigencias y ello nos lleva, de entrada, a reconocer la valentía de las personas que se presentan a unas primarias, que no optan a vacaciones pagadas ni a un viaje en crucero. En la oferta virtual de empleo para la Secretaría General del PSOE, veríamos los siguientes puntos (la lista no pretende ser exhaustiva):

  • Demostrada capacidad de ganar elecciones en la actualidad
  • Capacidad de liderazgo, motivación y cohesión de equipos pluridisciplinares y multiculturales
  • Capacidad de empatía (entiéndase: capacidad de respetar a los suyos y considerarlos con sensibilidad, para poder así respetar y considerar a la ciudadanía)
  • Demostrada capacidad de afrontar con éxito situaciones de crisis
  • Elevadas aptitudes de comunicación y divulgación
  • Carácter negociador

Para proceder a la selección en el caso de la Secretaría General del PSOE, la conocida trayectoria pública de los tres candidatos con más posibilidades nos permite puntuarles en cada exigencia en base a la experiencia que tenemos de ellos. Cada militante puede hacerlo a título personal.

Lo he hecho, basándome también en experiencias vividas puertas adentro y que inevitablemente contribuyen a formar criterio. Mi conclusión es favorable a Susana Díaz, que en esta ocasión más corresponde al perfil. Podría dar los detalles de la puntuación y justificarlos mediante comentarios. Pero desde la óptica del compañerismo y el respeto a los demás candidatos, no me parece bien escribir nada que vaya en contra de ellos. Este proceso debe desembocar en algo positivo: el actual momento está destinado a la futura buena marcha del organismo dador de empleo y en ese objetivo ha de enfocarse. Para eso se realiza la selección.

En definitiva, lo recomendable y sensato es medir las reflexiones, manifestar opiniones y apoyos constructivos, evitando tratar a compañeros como enemigos. Si la capacidad de cohesión, la empatía y la aptitud a afrontar situaciones de crisis son puntos necesarios para el perfil que buscamos, es preferible que los candidatos den fe de dichos rasgos desde ahora, cuando estamos en la tesitura más delicada. Y por supuesto, al igual que se lo pedimos a ellos, también hemos de actuar con respeto quienes tenemos que juzgarles.

Se me hace imposible decirte adiós, Carme

“Hay que ser buena gente, pero sobretodo gente buena”. Eso nos decías con convicción, Carme, en las reuniones en las que preparábamos tu candidatura del 2012 a la Secretaría General del PSOE. Entonces se perdió una gran oportunidad con una de las mejores políticas que tuvo este país. Compartíamos ideas, compromiso y también dudas. Eras cercana y muy inteligente. En el partido has sabido prestar consideración a quienes desde la tercera fila no estábamos acostumbrados en recibirla, por muy nobles que fueran nuestras batallas. Andando por la calle en Ginebra, me decías que vivías cada día como un regalo, a sabiendas de que tu corazón al revés te podía frenar de repente. Y así te nos has ido, sin avisar.

Ayer, volviendo de tu semanita americana dando clases en Miami, sacabas una foto del cielo volando sobre el océano rumbo Madrid: tenías ganas de casa, ganas de mar y muchas ganas de ver a tu hijo Miquel, en el que pienso hoy. Nunca te olvidaremos, Carme. Se me hace imposible decirte adiós, querida amiga. Anochece y va a ser duro para nosotros, pero nos queda la inmensidad de tu ejemplo, de tu valía y de tu amistad a prueba de corazón.

Relato de la guerra sucia del PP en contra del PSM

Esa noche, el calendario marca 25 de mayo de 2003. El PP acaba de perder la mayoría absoluta en las elecciones regionales madrileñas. Un PSOE impulsado por primera vez por Zapatero se prepara a que su candidato Rafael Simancas se convierta en presidente autonómico con el apoyo de IU. Habrá un cambio concreto en todos los ámbitos de la vida pública y se acabarán negocios para muchos amigos del PP. La derecha no lo admite: tras una probable corrupción, dos diputados de la lista de Simancas se ausentan e impiden la investidura del presidente progresista. Ante al bloqueo, se repiten las elecciones y el PP recupera su mayoría absoluta.

El partido de Aguirre toma nota del susto del 2003 y se arma en consecuencia. Frente a un PSM que llega a la cita electoral del 2007 con propuestas como la gratuidad del abono transportes para jóvenes y mayores, la derecha saca la artillería pesada y tira de billetera: hoy desvela la SER, una década más tarde, que el PP usó 6 millones de euros en vez de los 2,7 que declaró. Financió su campaña con más del doble del límite de dinero permitido por el Tribunal de Cuentas y ese dopaje tuvo un resultado en las urnas: el PP consigue un porcentaje histórico de votos en la Comunidad de Madrid, que se traduce en escaños en la Asamblea regional y de allí en poder para Aguirre. Simancas tira la toalla.

A nivel nacional, el Gobierno de Zapatero endurece la ley de financiación de partidos y se complican las donaciones. En el PP de Madrid la fiesta no se detiene: van a ser más discretos, pero van a seguir haciendo trampa.

En 2011, para evitar la progresión de un PSM rearmado con el nuevo líder Tomás Gómez, el PP de Aguirre retoma su método de guerra sucia y vuelve a aprovecharse de más de 1 millón de euros de dinero negro. Nuevamente compite en situación de superioridad. Así consolida su mayoría absoluta, con la que asegura ingresos privados exprimiendo áreas tan vitales como la sanidad, en la que Gómez iba a hacer limpieza.

No basta con derrumbar el edificio si el vicio sobrevive

Pasqual Maragall tenía razón cuando soltó a Artur Mas que “Uds. tienen un problema que es el 3%”. El PSC ponía el dedo en las sospechas de financiación ilegal de Convergència. Por lo visto esa denuncia pública no fue suficiente para sonrojar a nadie. Incluso pidieron más fondos (ya se sabe que no fue precisamente por el incremento del coste de la vida). Las mordidas pasaron al 4% y se las cobraron a entidades públicas, robando un dinero procedente de los impuestos abonados por la ciudadanía. Igual esas cuantías que se fueron a Convergència podían haber pagado unas sillas más en tal aeropuerto, unas camas más en tal hospital, un asfalto más silencioso en tal autopista, un mayor grado de reciclado de residuos urbanos, o entradas más asequibles para escuchar en vivo tal sinfonía de Beethoven en Barcelona. En vez de eso, se habrá ido en sobres o en campañas para renovar cargos que otorgan buenos sueldos a gente que no parece dar la talla.

Si alguien piensa que la independencia de Cataluña le eximiría de responsabilidades jurídicas o le permitiría desenvolverse a sus anchas, se equivoca. Lo que es delito aquí lo seguiría siendo en cualquier configuración.

El edificio Convergència identificaba tanto vicio que tuvieron que derrumbarlo. Lo han sustituido por el inmueble nuevo PDeCAT (pésima marca, pero es un problema de otra índole). Y allí dentro están ahora los arquitectos de Convergència, que siguen activos. Ellos –no solamente el logotipo– son la viva identificación de las sospechas en las que hoy está trabajando la Justicia. Aunque se resistan, tendrán que cambiar los protagonistas: tendrán que irse sí o sí los que diseñaron el edificio derrumbado, si no quieren que a medio plazo solamente quede de su legado un abrasado solar.

Felipe amenazó con irse por ideas, Turrión lo hace por su poltrona

Quería un PSOE socialista antes que marxista. En 1979, Felipe González abandonó la Secretaría General tras comprobar que el 28 Congreso de su partido no seguía la línea política que él planteaba. Luego el PSOE rectificó y Felipe regresó, listo para ganar las elecciones de 1982.

Es curioso que hoy, un partido que se dice “nuevo” en el fondo como en las formas intente reproducir episodios ya experimentados en el PSOE. En su afán por seguir la senda del socialismo vencedor y tomar su espacio, Podemos lleva su corta trayectoria machacada por dos corrientes personificadas en sus número uno y dos, como antaño los felipistas y los guerristas. Ante la próxima asamblea de ese partido, dividido como nunca entre pablistas y errejonistas, su líder máximo Pablo Iglesias Turrión ha comprobado el fracaso de su pobre intento de mercadeo público al rechazar Errejón quitarse de en medio a cambio de la candidatura a la Alcaldía de Madrid. Angustiado por la eventualidad de una derrota, Turrión quiso recurrir una vez más a una receta copiada, amenazando a los suyos con irse del Congreso de los Diputados si perdía la asamblea. Si al Felipe del 1979 le importaban las ideas, al Turrión del 2017 definitivamente le importa su poltrona. Y así no se gana un país.

El castigo a Podemos destroza la mayoría social de izquierdas

El mensaje del electorado este 26-J es mucho más claro de lo que nos cuentan. Un breve análisis comparativo del trasvase de votantes ofrece claves de lectura nítidas.

Volvamos al 2015. Los escándalos de corrupción que salpican al PP vuelan por los aires su mayoría absoluta y conducen a una alternancia hacia la izquierda. Pero el electorado sigue azotado por la crisis que apareció durante la última etapa del PSOE: la mayoría ha entendido que el Partido Socialista no ha sido culpable del terremoto financiero mundial, pero entre los progresistas todavía no han cicatrizado las heridas de una época en la que el PSOE tuvo que asumir la responsabilidad de las medidas exigidas. Así que el 20-D los votantes confirman al PSOE en el liderazgo de la izquierda e introducen matices al repartir parte de la tarta a Podemos. También implantan complejidad: la mayoría social de izquierda no se traduce en escaños y hacen falta acuerdos inteligentes que superen los bloques. El PSOE obtiene 5.530.693 votos (22,01%, 90 escaños), Podemos saca 5.189.333 votos (20,66%, 69 escaños), IU alcanza 923.105 votos (3,67%, 2 escaños). Juntos, los tres de izquierda suman 11.643.131 votos (46,34%, 161 escaños). A la derecha, el PP tiene 7.215.530 votos (28,72%, 123 escaños) y C’s logra 3.500.446 votos (13,93%, 40 escaños), sumando en bloque 10.715.976 votos (42,65%, 163 escaños).

Si nos fijamos en las fuerzas estatales, esta situación es comparable a la del 2008: tras la 1a legislatura brillante de Zapatero, con una izquierda movilizada (de sus electores, salen de casa un millón más de los que lo harán en 2015), el PSOE consigue 11.289.335 votos (43,87%, 169 escaños) e IU registra 969.946 votos (3,77%, 2 escaños). El bloque progresista suma así 12.259.281 votos (47,64%, 171 escaños) mientras a la derecha el PP tiene 10.278.010 (39,94%, 154 escaños).

Pero en 2015, para alcanzar los 176 escaños de la mayoría absoluta, al PSOE ya no le bastan los apoyos de pequeños partidos (que además se han radicalizado). Matemáticamente, tampoco le valen únicamente los de Podemos (90 + 69 = 159) si C’s queda en la oposición (PP + C’s = 123 + 40 = 169). Por eso Sánchez busca precisamente ese acuerdo más amplio que integre a C’s (90 + 69 + 40 = 199) y brinde estabilidad. La estrategia fracasa al negarse el líder de Podemos a sentarse a negociar tal coalición. El PSOE firma un pacto con C’s (90 + 40 = 130) que le permite superar al PP e ir a la sesión de investidura en la que Podemos tenga que posicionarse por un gobierno liderado por el PSOE o mantener a un gobierno del PP. En la votación del 4 de marzo de 2016 (en la que también cabía la abstención de Podemos), el partido de Pablo Manuel Iglesias opta por el “no” y sentencia el aborto del gobierno progresista. Con su negativa y la del PP, hay una mayoría de “noes” que fuerzan la convocatoria de nuevas elecciones.

¿Qué pasa en ese momento? Una franja importante del electorado del PSOE desmovilizado desde el inicio de la crisis había votado el 20-D a Podemos para aportar aire fresco a un futuro gobierno progresista. El aborto del pacto de izquierdas decepciona a esta franja, que se queda en casa el 26-J. Es el millón de votos que pierde ahora la confluencia Unidos Podemos, castigada por un posicionamiento dogmático incompatible con la inteligencia exigida por las urnas en 2015. El PSOE también pierde unos 100.000 votos (apenas representa un 10% de la caída de la alianza Podemos-IU): son parte del electorado volátil que se fija prioritariamente en las opciones de gobierno estable y que va del PSOE al PP al comprobarse el bloqueo por Podemos del gobierno progresista. La suma de estos fenómenos favorece desde anoche una nueva alternancia, a favor de la derecha.

Así las cosas, este 26-J 2016, el PSOE logra 5.424.709 votos (22,66%, 85 escaños), Podemos e IU se alían pero pierden más de un millón de votos quedando en 5.049.734 (21,10%, 71 escaños). El bloque de izquierda se desploma a un total de 10.474.443 votos (43,76%, 156 escaños). El PP sube a 7.906.185 votos (33,03%, 137 escaños), C’s baja a 3.123.769 votos (13,05%, 32 escaños), sumando en bloque la nueva hegemonía de 11.029.954 votos (46,08%, 169 escaños). De la mano de Podemos, la izquierda pierde su mayoría social.

En medio de este castigo de la formación morada, también hay fallos en el PSOE, pero con el desarrollo que acabamos de comprobar, cabe buscarlos más allá de los últimos meses, en los que la matemática ha marcado la estrategia. Probablemente uno de los grandes errores fraguó ya en el Congreso de Sevilla, en 2012, cuando la renovación de fondo y formas del Partido Socialista quedó superada por una opción continuista, que no se ajustaba a la demanda de cambio de la ciudadanía progresista. Ese episodio favoreció el auge de Podemos. De no haberse producido la creación de un nuevo partido que fragmentó la izquierda, el PSOE habría ganado las elecciones 2015 y hoy tendríamos un gobierno progresista, probablemente imperfecto, pero ciertamente mejor que el nuevo mandato del PP en La Moncloa.

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