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Semáforo abierto para Marco Ferrara

He hecho pan

Anoche me dio por hacer pan. Es la primera vez en la vida. Busco en internet una receta original y encuentro una con aceite de nuez. Me llama la atención este último ingrediente, ya que tengo un frasco que me regalaron y que no estoy utilizando. Así pues, al tener todas las cosas necesarias, sin más demora me arremango.

Toca amasar ese montón, que tiene la misma poca gracia que un enorme elástico pegajoso: bien vale para una asquerosa peli de monstruos. Empiezo a amasar. Amaso más. No es fácil. De hecho nunca acaba. ¡Uff, que calor! Es como ir al gimnasio. Me acuerdo de mi madre, que a base de tal ejercicio casero siempre mantiene la forma que antaño nos desaconsejaba plantarle cara. Me acuerdo del pan que hacía cuando éramos niños, lo rico que era y los desayunos que disfrutábamos con esa delicia. Imagino que el mío será igualmente sabroso, aunque esta receta diga de hornearlo en un molde.

La masa sube tanto que alcanza para dos moldes grandes y dos pequeños. Es verdad que es una receta familiar, pero una vez enfriado, guardaré gran parte en el congelador y mi elevado consumo de pan apreciará el producto en cosa de pocos días. Es difícil resisitir a la tentación de probarlo nada más salido del horno.

Esta mañana, despierto en mi piso que todavía huele a pan y la sensación me es agradable. Preparo la mesa con ilusión. Saco un tarro de mi mermelada casera de albaricoque. Saco otro tarro de miel que compro cada año en mi tierra de Zamora y que se combina maravillosamente con la mantequilla suiza. Un vaso de zumo de melocotón y adelante. Puede empezar la ceremonia. Corto el pan. Tiene un aspecto estupendo. Pienso con orgullo infantil que tocará enseñárselo a mis padres. La textura es esponjosa, parece increíble que lo haya hecho yo. Unto la mantequilla, le paso una capa de mermelada y… “¡Para, para!”, pienso. Antes, hay que probarlo sin nada. Empieza pues la cata. Y de repente, me cambia la cara radicalmente. Se me olvidó la sal.

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No basta con derrumbar el edificio si el vicio sobrevive

Pasqual Maragall tenía razón cuando soltó a Artur Mas que “Uds. tienen un problema que es el 3%”. El PSC ponía el dedo en las sospechas de financiación ilegal de Convergència. Por lo visto esa denuncia pública no fue suficiente para sonrojar a nadie. Incluso pidieron más fondos (ya se sabe que no fue precisamente por el incremento del coste de la vida). Las mordidas pasaron al 4% y se las cobraron a entidades públicas, robando un dinero procedente de los impuestos abonados por la ciudadanía. Igual esas cuantías que se fueron a Convergència podían haber pagado unas sillas más en tal aeropuerto, unas camas más en tal hospital, un asfalto más silencioso en tal autopista, un mayor grado de reciclado de residuos urbanos, o entradas más asequibles para escuchar en vivo tal sinfonía de Beethoven en Barcelona. En vez de eso, se habrá ido en sobres o en campañas para renovar cargos que otorgan buenos sueldos a gente que no parece dar la talla.

Si alguien piensa que la independencia de Cataluña le eximiría de responsabilidades jurídicas o le permitiría desenvolverse a sus anchas, se equivoca. Lo que es delito aquí lo seguiría siendo en cualquier configuración.

El edificio Convergència identificaba tanto vicio que tuvieron que derrumbarlo. Lo han sustituido por el inmueble nuevo PDeCAT (pésima marca, pero es un problema de otra índole). Y allí dentro están ahora los arquitectos de Convergència, que siguen activos. Ellos –no solamente el logotipo– son la viva identificación de las sospechas en las que hoy está trabajando la Justicia. Aunque se resistan, tendrán que cambiar los protagonistas: tendrán que irse sí o sí los que diseñaron el edificio derrumbado, si no quieren que a medio plazo solamente quede de su legado un abrasado solar.

Felipe amenazó con irse por ideas, Turrión lo hace por su poltrona

Quería un PSOE socialista antes que marxista. En 1979, Felipe González abandonó la Secretaría General tras comprobar que el 28 Congreso de su partido no seguía la línea política que él planteaba. Luego el PSOE rectificó y Felipe regresó, listo para ganar las elecciones de 1982.

Es curioso que hoy, un partido que se dice “nuevo” en el fondo como en las formas intente reproducir episodios ya experimentados en el PSOE. En su afán por seguir la senda del socialismo vencedor y tomar su espacio, Podemos lleva su corta trayectoria machacada por dos corrientes personificadas en sus número uno y dos, como antaño los felipistas y los guerristas. Ante la próxima asamblea de ese partido, dividido como nunca entre pablistas y errejonistas, su líder máximo Pablo Iglesias Turrión ha comprobado el fracaso de su pobre intento de mercadeo público al rechazar Errejón quitarse de en medio a cambio de la candidatura a la Alcaldía de Madrid. Angustiado por la eventualidad de una derrota, Turrión quiso recurrir una vez más a una receta copiada, amenazando a los suyos con irse del Congreso de los Diputados si perdía la asamblea. Si al Felipe del 1979 le importaban las ideas, al Turrión del 2017 definitivamente le importa su poltrona. Y así no se gana un país.

António Guterres, ese hombre guía de la ventanilla

Sobrevolábamos Lisboa, minutos antes de aterrizar. Apuntando con el dedo a través de la ventanilla del avión, António relataba a sus vecinos de butaca detalles y anécdotas sobre tal puente, tal monumento, tal parte de la capital. Llegado el momento de recoger nuestras cosas y hacer cola para salir del avión, saludé a António, que viajó sentado en la fila que precedía la mía y al que había reconocido al entrar. Le felicité por ir en 2a clase a pesar del cargo que tenía en Ginebra. En un francés perfecto, me contestó exáctamente lo que tenía que contestar: “es lo normal, siendo más barato el billete”. Intercambiamos unas palabras sobre el PSOE. Un amigo nos sacó una foto rápidamente y nos despedimos.

En la terminal, la pareja sueca que en el avión iba sentada al lado de António me preguntó quien era ese señor que le había servido de guía desde la ventanilla. Les contesté: “ese señor sirvió de guía a millones de personas en Portugal. Ha sido primer ministro y se llama António Guterres. Es un socialista”.

Han pasado tres años desde esta bonita anécdota. Hoy ese hombre modesto y afable, António, ha sido elegido nuevo secretario general de la ONU. Que nos sea a todos la mejor guía en estos tiempos revueltos, que necesitan tal figura.

Corbyn, de la división a la multiplicación

La reelección de Jeremy Corbyn al frente del Labour británico ha sido acompañada en los medios por la división que afronta en su grupo parlamentario, donde 174 de sus 230 diputados lo han desafiado hace tres meses. Los díscolos, herederos del social liberalismo de Blair, consideran que el discurso de Corbyn no es adecuado para captar a ese electorado que se sitúa en el centro y que es indispensable para conformar una mayoría de gobierno laborista.

Pero lo que nos interesa aquí es un dato que la prensa ha evocado de puntillas: en un año, Corbyn ha triplicado el número de militantes, llevándolo a 540.000. Esta información ha sido tratada como secundaria, a pesar de ser apta para dejar pálidos a los líderes de los demás partidos británicos, que ni juntándose todos alcanzan tal impresionante cifra de medio millón de agentes electorales.

Así las cosas, Corbyn estaría dotando al Labour Party de ese músculo que necesitará para afrontar con fuerza la campaña de las elecciones generales de 2020. Y cabe la posibilidad que la oposición interna de su establishment parlamentario esté fomentando a su pesar el éxito del líder en esa primera etapa de reforzamiento de las bases del Labour. Con su propia disconformidad, el ala liberal potencia la credibilidad y autenticidad del posicionamiento de Corbyn a la izquierda.

Una vez formado con antelación y engrasado su ejército de militantes, el Labour podrá dedicarse a medida que se acerquen los comicios a lo más tristemente efímero (ya que apela a la memoria del electorado): el discurso, que tendrá que abrir, sin desvirtuarlo. Para saber si esta hipótesis coincide efectivamente con una hoja de ruta, sólo cabe esperar y observar, ya que toda buena estrategia se aplica y no se cuenta.

El castigo a Podemos destroza la mayoría social de izquierdas

El mensaje del electorado este 26-J es mucho más claro de lo que nos cuentan. Un breve análisis comparativo del trasvase de votantes ofrece claves de lectura nítidas.

Volvamos al 2015. Los escándalos de corrupción que salpican al PP vuelan por los aires su mayoría absoluta y conducen a una alternancia hacia la izquierda. Pero el electorado sigue azotado por la crisis que apareció durante la última etapa del PSOE: la mayoría ha entendido que el Partido Socialista no ha sido culpable del terremoto financiero mundial, pero entre los progresistas todavía no han cicatrizado las heridas de una época en la que el PSOE tuvo que asumir la responsabilidad de las medidas exigidas. Así que el 20-D los votantes confirman al PSOE en el liderazgo de la izquierda e introducen matices al repartir parte de la tarta a Podemos. También implantan complejidad: la mayoría social de izquierda no se traduce en escaños y hacen falta acuerdos inteligentes que superen los bloques. El PSOE obtiene 5.530.693 votos (22,01%, 90 escaños), Podemos saca 5.189.333 votos (20,66%, 69 escaños), IU alcanza 923.105 votos (3,67%, 2 escaños). Juntos, los tres de izquierda suman 11.643.131 votos (46,34%, 161 escaños). A la derecha, el PP tiene 7.215.530 votos (28,72%, 123 escaños) y C’s logra 3.500.446 votos (13,93%, 40 escaños), sumando en bloque 10.715.976 votos (42,65%, 163 escaños).

Si nos fijamos en las fuerzas estatales, esta situación es comparable a la del 2008: tras la 1a legislatura brillante de Zapatero, con una izquierda movilizada (de sus electores, salen de casa un millón más de los que lo harán en 2015), el PSOE consigue 11.289.335 votos (43,87%, 169 escaños) e IU registra 969.946 votos (3,77%, 2 escaños). El bloque progresista suma así 12.259.281 votos (47,64%, 171 escaños) mientras a la derecha el PP tiene 10.278.010 (39,94%, 154 escaños).

Pero en 2015, para alcanzar los 176 escaños de la mayoría absoluta, al PSOE ya no le bastan los apoyos de pequeños partidos (que además se han radicalizado). Matemáticamente, tampoco le valen únicamente los de Podemos (90 + 69 = 159) si C’s queda en la oposición (PP + C’s = 123 + 40 = 169). Por eso Sánchez busca precisamente ese acuerdo más amplio que integre a C’s (90 + 69 + 40 = 199) y brinde estabilidad. La estrategia fracasa al negarse el líder de Podemos a sentarse a negociar tal coalición. El PSOE firma un pacto con C’s (90 + 40 = 130) que le permite superar al PP e ir a la sesión de investidura en la que Podemos tenga que posicionarse por un gobierno liderado por el PSOE o mantener a un gobierno del PP. En la votación del 4 de marzo de 2016 (en la que también cabía la abstención de Podemos), el partido de Pablo Manuel Iglesias opta por el “no” y sentencia el aborto del gobierno progresista. Con su negativa y la del PP, hay una mayoría de “noes” que fuerzan la convocatoria de nuevas elecciones.

¿Qué pasa en ese momento? Una franja importante del electorado del PSOE desmovilizado desde el inicio de la crisis había votado el 20-D a Podemos para aportar aire fresco a un futuro gobierno progresista. El aborto del pacto de izquierdas decepciona a esta franja, que se queda en casa el 26-J. Es el millón de votos que pierde ahora la confluencia Unidos Podemos, castigada por un posicionamiento dogmático incompatible con la inteligencia exigida por las urnas en 2015. El PSOE también pierde unos 100.000 votos (apenas representa un 10% de la caída de la alianza Podemos-IU): son parte del electorado volátil que se fija prioritariamente en las opciones de gobierno estable y que va del PSOE al PP al comprobarse el bloqueo por Podemos del gobierno progresista. La suma de estos fenómenos favorece desde anoche una nueva alternancia, a favor de la derecha.

Así las cosas, este 26-J 2016, el PSOE logra 5.424.709 votos (22,66%, 85 escaños), Podemos e IU se alían pero pierden más de un millón de votos quedando en 5.049.734 (21,10%, 71 escaños). El bloque de izquierda se desploma a un total de 10.474.443 votos (43,76%, 156 escaños). El PP sube a 7.906.185 votos (33,03%, 137 escaños), C’s baja a 3.123.769 votos (13,05%, 32 escaños), sumando en bloque la nueva hegemonía de 11.029.954 votos (46,08%, 169 escaños). De la mano de Podemos, la izquierda pierde su mayoría social.

En medio de este castigo de la formación morada, también hay fallos en el PSOE, pero con el desarrollo que acabamos de comprobar, cabe buscarlos más allá de los últimos meses, en los que la matemática ha marcado la estrategia. Probablemente uno de los grandes errores fraguó ya en el Congreso de Sevilla, en 2012, cuando la renovación de fondo y formas del Partido Socialista quedó superada por una opción continuista, que no se ajustaba a la demanda de cambio de la ciudadanía progresista. Ese episodio favoreció el auge de Podemos. De no haberse producido la creación de un nuevo partido que fragmentó la izquierda, el PSOE habría ganado las elecciones 2015 y hoy tendríamos un gobierno progresista, probablemente imperfecto, pero ciertamente mejor que el nuevo mandato del PP en La Moncloa.

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